
EL “TERCER CAMPO” REVISITADO: EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO ANTE LA GUERRA Y LA “LIBERACIÓN” NACIONAL
Traducción de Editorial Pensamiento y Batalla
La siguiente discusión surgió de una serie de encuentros e intercambios mantenidos a lo largo del último año en torno a la historia y la relevancia actual del internacionalismo proletario. Lo que dotó a estos debates de una urgencia particular fue el inquietante resurgimiento del “campismo” en los medios radicales —y, cada vez más, en los no tan radicales—: la renovada tendencia a subordinar la crítica a los Estados, a la guerra y a la dominación capitalista al apoyo al “mal menor”, a un bando nacional basándose en la opresión real de la población a la que pretende representar, o a fuerzas identificadas con la “resistencia al imperialismo”. Desde Ucrania hasta Asia occidental y el sudeste asiático, la presión para elegir entre campos imperialistas o nacionales rivales se ha convertido, una vez más, en un problema político central.
Varias conversaciones mantenidas en París en la primavera de 2026 ayudaron a concretar estas inquietudes. Una de ellas se centró en la traducción en curso de los textos de Marie-Louise Berneri extraídos de “War Commentary for Anarchism and Freedom”, que se habían recopilado en Neither East Nor West[1]. Otra se centró sobre el recientemente fallecido Henri Simon —el comunista consejista centenario y antiguo miembro de “Socialisme ou Barbarie”— y su relación con Henry Chazé, una figura clave tanto en la “Union Communiste” como en la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista Internacional.
Estos encuentros apuntaban, más allá de cualquier organización o tradición política concreta, hacia una historia más amplia del internacionalismo proletario, desarrollada tanto en las corrientes comunistas como en las anarquistas en oposición a la guerra capitalista y a las formas políticas a través de las cuales las y los proletarios han sido repetidamente subordinados: la colaboración de clases antifascista, la “liberación” nacional, las “guerras nacionales justas” y la alineación con un bando imperialista presentado como “antiimperialista”. Pero recuperar esta historia también plantea una cuestión más compleja que la simple reafirmación de una posición internacionalista, o del “tercer campo”: ¿por qué esta posición siguió siendo, en casi todos los casos a partir de 1920, una posición minoritaria dentro de la clase?
El problema no era solo la debilidad numérica. Los grupos que mantenían una postura internacionalista rara vez conectaban, excepto de forma breve y parcial, con los movimientos de masas de la clase a la que se dirigían. Eran pequeños, clandestinos, perseguidos, teóricamente sólidos y organizativamente frágiles. Escribían para una clase que, en la inmensa mayoría de los casos, marchaba en la dirección opuesta; bajo banderas nacionales, frentes antifascistas o ejércitos de liberación.
La oleada revolucionaria de 1917-1920 constituye la excepción evidente: el momento en el que se produjo efectivamente un cambio radical de postura a nivel de masas. Entre 1917 y 1920 —en Rusia, Alemania, Hungría, algunas partes de Italia y en los motines que sacudieron a los ejércitos de la Entente hacia el final de la guerra—, el rechazo internacionalista a la guerra se convirtió brevemente en una fuerza material. Los soldados fraternizaron a través de las trincheras y se negaron a luchar; las y los trabajadores se negaron a producir y formaron consejos. La fórmula de Lenin “transformar la guerra imperialista en guerra civil” no era solo una consigna; describía algo que realmente estaba ocurriendo, impulsado no principalmente por la organización bolchevique, sino por el agotamiento, la rabia y la radicalización política de millones de personas enviadas a morir por intereses que, a simple vista, no eran los suyos. Lo que hizo posible esa conexión no fue, principalmente, la correcta línea política. Fue el agotamiento material de años en las trincheras, combinado con una densidad organizativa preexistente en la clase trabajadora que podía reactivarse en una dirección diferente. Hacia 1921 o 1922, la oleada revolucionaria había sido derrotada en casi todas partes, y cuando llegó el siguiente gran ciclo de guerras, en las décadas de 1930 y 1940, la postura internacionalista volvió a quedar confinada en gran medida a pequeñas minorías. Por qué se produjo entonces esa conexión entre el cansancio de la guerra, la organización de clase y el internacionalismo revolucionario, y por qué no ha vuelto a producirse de la misma manera, es la cuestión más importante que plantea esta experiencia —y que queremos mantener abierta a lo largo de todo el debate—.
El punto de partida del internacionalismo proletario es el rechazo a la presión recurrente que se ejerce sobre las y los proletarios para que elijan entre bandos estatales; un rechazo basado en el reconocimiento de que la guerra no es una aberración del funcionamiento normal del capitalismo, sino su condensación: la competencia interestatal por los mercados, los territorios y la mano de obra, la reorganización de la producción a través de la destrucción y la imposición de una disciplina que los tiempos de paz no siempre pueden imponer. Esta presión no se manifiesta únicamente como patriotismo o nacionalismo supremacista. Adopta la forma de antifascismo, liberación nacional, defensa de la democracia, antiimperialismo, resistencia a la ocupación o apoyo al mal menor. En cada caso, se abandona la autonomía proletaria en nombre de una tarea política supuestamente más urgente.
Esta tendencia, a menudo llamada “tercer campo” proletario o “tercera opción”, rechazaba la lógica del “mal menor” entre las máquinas estatales. Un capitalismo más débil en conflicto con uno más fuerte sigue siendo capitalismo. Un Estado dominado o atacado no deja de organizar la explotación, disciplinar a la mano de obra, controlar a la población y unir a las clases bajo la forma de la nación. La nación es una de las formas políticas a través de las cuales se desplaza el antagonismo de clases: una sociedad dividida por la explotación se presenta como una comunidad común de ciudadanas y ciudadanos, unida por un interés compartido, un destino común y, en tiempos de guerra, un enemigo compartido. La derrota de un bloque imperialista se limita a alterar el equilibrio de fuerzas en el marco de la competencia global; no es ni una victoria de la clase trabajadora, ni un paso hacia su autoabolición. Ni siquiera constituye un desafío al imperialismo per se. Las máquinas de guerra democráticas, los movimientos de liberación nacional y los oponentes autoritarios o teocráticos de occidente exigen, en diferentes lenguajes, la misma renuncia: la suspensión de la lucha de clases autónoma en nombre de una necesidad política superior.
La claridad política de la corriente internacionalista no procedía del sectarismo, ni del aislamiento en sí misma. Procedía del hecho de que estas y estos militantes se vieron obligados, por la evolución reaccionaria del propio movimiento obrero, a romper con las formas a través de las cuales ese movimiento se estaba incorporando al Estado, a la nación y al esfuerzo bélico. Su claridad se forjó, por tanto, a través de sucesivas rupturas: con el socialpatriotismo en 1914, con el estalinismo, con la defensa de la URSS, con la colaboración de clases antifascista, con la liberación nacional entendida como modernización capitalista y construcción del Estado, y con cualquier idea de que la emancipación proletaria pudiera pasar por la victoria de un Estado o de un campo imperialista.
La condición minoritaria de los grupos internacionalistas explícitos no debe interpretarse como una ausencia de resistencia a la guerra. La movilización bélica nunca es puramente ideológica ni voluntaria. Requiere disciplina, coerción, miedo, propaganda, imposición legal y control policial de la población. La evasión del reclutamiento, la deserción, la desobediencia militar, la negativa a participar en la producción bélica, el agotamiento social, las huelgas y la hostilidad hacia el Estado pueden debilitar el esfuerzo bélico sin llegar a adoptar una postura internacionalista consciente y explícita. La cuestión política radica es cómo esas formas de rechazo pueden transformarse en una negación de clase de la guerra capitalista y de todos los Estados nacionales, en lugar de ser absorbidas por el pacifismo, el humanitarismo democrático, el nacionalismo o el campo rival.
Los textos recopilados en nuestra publicación[2] no deben leerse como una doctrina inmutable, sino como intentos situados de formular una respuesta de clase ante momentos en los que las y los proletarios se vieron empujados a participar en movilizaciones nacionales, antifascistas, democráticas o antiimperialistas. Cada caso aborda el mismo problema desde una perspectiva histórica diferente.
La primera formulación aparece con especial claridad en la respuesta anarquista japonesa a la invasión de Manchuria en 1931. La Federación Libertaria Japonesa escribió desde el interior del país imperialista agresor. Su primer objetivo fue el Estado japonés, su ejército, su clase capitalista y el discurso patriótico mediante el cual se justificaba la invasión. La patria, en este texto, no es una comunidad formada por las y los explotados y sus explotadores. Es la forma política mediante la cual se pide a las y los pobres que soporten el hambre, el frío y la muerte, mientras que la clase dominante obtiene beneficios y poder.
Lo que importa aquí es que la denuncia del imperialismo japonés no se transforme en apoyo al campo nacional opuesto. La Federación Libertaria Japonesa se pregunta quién se beneficiaría si la influencia japonesa desapareciera de China mediante una victoria del movimiento de liberación nacional. Su respuesta es: no las y los trabajadores y campesinos chinos como fuerza social autónoma, sino la burguesía china en ascenso y los capitales extranjeros que compiten con Japón. Esta fue una forma temprana del doble rechazo desarrollado de manera más nítida en los textos posteriores de nuestra publicación.
El texto hace referencia específicamente a la postura de Kropotkin en 1914; su apoyo a la Entente porque consideraba que el militarismo alemán representaba el mayor peligro. Las y los anarquistas japoneses consideraron esto un error fatal. En cuanto se considera que un imperialismo es lo suficientemente peor como para justificar el apoyo al otro, el internacionalismo ya se ha disuelto en la lógica de la guerra entre Estados. El problema radica en la aceptación de un marco en el que se pide a las y los proletarios que evalúen qué clase dominante debería derrotar a otra.
La Union Communiste desarrolló esta misma cuestión de un modo comunista más sistemático durante la guerra chino-japonesa de 1937. La experiencia española ya había establecido las bases: el Frente Popular había demostrado que el apoyo “crítico” a la burguesía democrática equivalía a reforzar el aparato que aplastó a las y los trabajadores de Barcelona en mayo de 1937 y eliminó a las fuerzas que no podían subordinarse a la línea nacional-democrática —el POUM y las corrientes anarquistas más radicales—. Su polémica contra Trotsky es fundamental. Trotsky sostenía que China, como país semicolonial atacado por Japón, libraba una guerra nacional progresista que las y los revolucionarios debían apoyar, manteniendo al mismo tiempo la independencia política respecto a Chiang Kai-shek.
La Union Communiste rechazó esta distinción entre apoyo militar e independencia política. La cuestión no era qué bando había sido atacado. La defensa nacional se organiza a través del Estado burgués, su ejército y su dirección política; por lo tanto, apoyarla significa reforzar el aparato mediante el cual se subordina a la clase trabajadora. En China, esto suponía reforzar el poder militar y burocrático del Kuomintang; la misma fuerza burguesa que había aplastado la revolución obrera de 1926-1927. Un aparato estatal construido en nombre de la guerra antiimperialista no se vuelve inocuo por el hecho de que el apoyo que se le brinda se califique de “crítico”. La disciplina de la guerra nacional transforma el “apoyo crítico” en una participación práctica en el esfuerzo nacional.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la misma cuestión resurgió bajo la forma del antifascismo y la defensa de la Unión Soviética. Esta alineación masiva fue la culminación del desarme político del proletariado durante el período de entreguerras, en el que la integración institucional de la clase obrera en el Estado democrático por parte de la socialdemocracia y la política estalinista de los Frentes Populares, que transformó la lucha de clases en una defensa antifascista de la democracia burguesa, ya había erosionado cualquier base para la autonomía de clase. Para la mayor parte de la izquierda, la guerra se planteó como una lucha entre el fascismo y la democracia, o como una guerra en la que había que defender a la URSS a pesar del estalinismo.
Para entonces, los grupos internacionalistas habían roto no solo con el estalinismo, sino también con la postura trotskista según la cual Rusia, como Estado obrero degenerado, debía defenderse frente al imperialismo; una lógica que, en última instancia, contribuyó a la subordinación de las masas proletarias de todo el mundo al campo imperialista Aliado. Las minorías internacionalistas de la Europa ocupada intentaron mantener otra postura. Los Revolutionären Kommunisten Deutschlands-RKD, el Groupe Révolutionnaire Prolétarien/Union des Communistes Internationalistes-GRP/UCI, las fracciones comunistas de izquierda y la red anarquista en torno a André Arru, que operaba desde Marsella y Toulouse, se oponían al nazismo y a la ocupación alemana, pero también al imperialismo Aliado, al estalinismo, a los frentes de resistencia nacional basados en la colaboración de clases y a la restauración del orden capitalista bajo el nombre de “Liberación”.
Estos grupos producían panfletos ilegales en alemán y francés, se dirigían a los soldados alemanes como proletarios uniformados en lugar de como meros instrumentos del Estado nazi, y llamaban a la fraternización, la deserción, el rechazo de la disciplina y la lucha contra todos los Estados. Intentaban romper la cohesión nacional impuesta por la guerra mediante la intervención política en las propias filas del ejército. Y, ciertamente, esto no suponía una negación de la realidad de la ocupación alemana ni del terror nazi; se trataba de negarse a traducir esa realidad en apoyo al campo Aliado, a la resistencia patriótica o al Estado soviético. Algunas y algunos militantes fueron detenidos, deportados o asesinados. Karl Fischer, del RKD, sobrevivió a la represión nazi, pero tras la guerra fue secuestrado por el aparato soviético y enviado al Gulag.
Esta tendencia tampoco estuvo ausente en el contexto griego. La corriente en torno a Aghis Stinas —a través de sus sucesivas formas organizativas durante la ocupación— mantuvo una postura internacionalista dentro de la Grecia ocupada, tanto frente al Eje como al campo Aliado, y en contra de la línea de unidad nacional del EAM/ELAS, a la que identificaba como una subordinación de la clase trabajadora al imperialismo Aliado. La posición internacionalista se mantuvo no solo en los centros metropolitanos de Europa occidental, sino también en un país sometido a condiciones de extrema represión, donde la presión en favor de la unidad nacional fue una de las más intensas que se podían encontrar en cualquier lugar[3].
En el contexto de Italia, las huelgas de marzo de 1943 en Turín, Milán y los centros industriales del norte demostraron que podía surgir una verdadera ruptura de la clase trabajadora en el seno del Estado agresor, impulsada por el hambre, el agotamiento y el odio hacia la disciplina fascista. Pero esta ruptura fue posteriormente absorbida por el marco de la liberación nacional antifascista, sobre todo a través del PCI y del CLN, la coalición interclasista de Liberación Nacional que unía a comunistas, demócratas cristianos e incluso monárquicos. Los textos de nuestra recopilación, escritos en torno a la coyuntura italiana por grupos de Gran Bretaña y de la Francia ocupada, sin que hubiera comunicación alguna entre ellos, reflejan esta situación de forma casi idéntica. Los textos de Berneri rechazan identificar los bombardeos aliados con la liberación y los yuxtapone con las huelgas obreras y el sabotaje en Italia para desenmascararlos como un medio de imponer el “orden” capitalista; los textos de la izquierda comunista atacan ese mismo proceso como una contrarrevolución preventiva encaminada a la restauración del orden capitalista a través del antifascismo y el nacionalismo. Lo que el marco de la liberación nacional suprimió fue la posibilidad de que la revuelta obrera contra el fascismo y la guerra pudiera haber excedido los límites de la reconstrucción estatal antifascista y se transformara en una guerra de clases.
En Francia, la “liberación” de París en 1944 planteó brevemente la cuestión de si estas minorías internacionalistas podrían conectar con un movimiento obrero más amplio. Militantes del GRP/UCI y del RKD participaron en el comité de huelga de Renault. Durante un corto momento, la expectativa de una nueva oleada revolucionaria no resultaba absurda. Pero esta ventana de oportunidad se cerró rápidamente. La influencia estalinista en los lugares de trabajo, el retorno del orden estatal y la estabilización que trajeron consigo los ejércitos aliados limitaron las posibilidades. Los grupos que habían mantenido una postura internacionalista a lo largo de años de represión carecían de las raíces o la envergadura necesarias para dar forma a la situación cuando se abrió brevemente esa oportunidad. La claridad teórica por sí sola no puede producir una fuerza más amplia; eso depende del nivel de organización de clase, de la desintegración de la disciplina militar, del debilitamiento de la legitimidad del Estado y de la posibilidad de conectar las resistencias aisladas en un movimiento común.
“War Commentary” en Gran Bretaña no operaba bajo la ocupación alemana, sino dentro de uno de los Estados imperialistas democráticos vencedores. El internacionalismo no se pone a prueba únicamente bajo una Dictadura o una ocupación; también se pone a prueba dentro de la democracia, cuando el Estado democrático exige disciplina laboral, censura, obediencia militar y silencio en nombre del esfuerzo bélico antifascista. Las y los anarquistas en torno a “War Commentary” sostenían que Gran Bretaña no luchaba por la libertad contra el fascismo. Se trataba de un Estado imperialista que defendía sus colonias, mercados, rutas comerciales y su posición global. La guerra antifascista era una guerra capitalista. La exigencia de que las y los trabajadores apoyaran el esfuerzo bélico suponía su incorporación a la disciplina del Estado.
Por eso eran importantes sus intentos de llegar a los soldados. “War Commentary” se dirigía a las tropas no como parte de una institución nacional supuestamente neutral, sino como una masa de trabajadores uniformados, sujetos a la disciplina, pero capaces de debatir, de mostrarse descontentos y de rebelarse. A través de la correspondencia de los soldados, el “Forces Newsletter” y las referencias a antiguos motines y consejos de soldados, la publicación pretendía abrir la comunicación dentro de las propias fuerzas armadas. El procesamiento judicial de sus responsables en 1945, acusados de conspirar para provocar desafección en las fuerzas armadas, puso de manifiesto los límites de la tolerancia democrática justo cuando la guerra llegaba a su fin y la desmovilización amenazaba con convertir de nuevo a los soldados en una fuerza social volátil. El peligro no era una revuelta militar inminente, sino la posibilidad de que los soldados que retornaban —trabajadores de uniforme, a punto de reincorporarse a los lugares de trabajo, a las calles y a las luchas por la vivienda[4]— pudieran llevar consigo el descontento a la vida civil. El intento de “War Commentary” de dirigirse a ellos como proletarios pensantes, en lugar de como sujetos militares obedientes, tocó, por tanto, una verdadera línea de fractura en la transición de la guerra al orden de la posguerra.
La cuestión colonial, sin embargo, puso de manifiesto una limitación en este ámbito. El texto de Albert Meltzer de 1942 sobre la independencia nacional aún admitía que las luchas por la independencia nacional pudieran, en determinadas condiciones, adquirir un contenido progresivo. Esto apunta a una dificultad persistente: cómo oponerse al propio Estado imperial y apoyar las luchas de los pueblos colonizados sin respaldar políticamente a movimientos nacionalistas que, simplemente, no harán más que reproducir la dominación de clase bajo otra bandera.
En el contexto colonial propiamente dicho, el relato de Ngo Van sobre Vietnam en el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial reviste una gran importancia, ya que hace que esta dificultad resulte brutalmente concreta. Su perspectiva provenía de la experiencia directa del colonialismo francés, la ocupación japonesa, el colapso de la autoridad japonesa, la intervención británica, el regreso de los franceses y el auge del Viet Minh. En 1945, hubo un breve momento, durante el vacío de poder creado tras la retirada japonesa, en el que las y los trabajadores y campesinos pobres actuaron de forma independiente. En las minas de Hongay-Campha, las y los trabajadores tomaron el control de la producción y formaron consejos. En Saigón, comités independientes y las y los militantes internacionalistas de la oposición de izquierda plantearon reivindicaciones de armas, control obrero y tierra para las y los campesinos, y formaron comités populares. Estos movimientos fueron aplastados no solo por las fuerzas coloniales, sino también por el Viet Minh. El asesinato de militantes de la oposición de izquierda no fue un exceso accidental. Reflejaba la lógica de la liberación nacional como construcción del Estado: las fuerzas que no podían subordinarse a la nueva autoridad nacional debían ser eliminadas.
En un texto posterior de 1968, durante la guerra de Vietnam, Ngo Van no minimizó la violencia del imperialismo estadounidense, pero se negó a que esa violencia se convirtiera en una razón para apoyar al Estado de Ho Chi Minh. Su posición era que las y los trabajadores y campesinos vietnamitas no tenían nada que ganar ni con el capitalismo estadounidense ni con capitalismo de Estado de Vietnam del Norte. La liberación nacional se identificaba con un cambio de jefes. La administración colonial podía marcharse, pero la explotación se reorganizaba a manos de una burocracia nacional, el partido-Estado y la emergente clase dominante autóctona. Su visión resultó ser completamente correcta.
En Vietnam, el peligro de que el apoyo a una guerra nacional condujera al establecimiento de un régimen capitalista de Estado ya no era una anticipación teórica; se había convertido ya en una experiencia histórica. El movimiento nacional había demostrado que, para monopolizar el poder estatal, destruiría las iniciativas autónomas del proletariado y del campesinado. La crítica de Ngo Van a la liberación nacional no surgía, por tanto, de la indiferencia ante la dominación colonial, sino de la experiencia de una lucha en la que la guerra anticolonial se había transformado en la formación de un nuevo poder estatal contra las mismas fuerzas sociales a las que decía representar.
La guerra de Vietnam de la década de 1960 arroja una luz diferente sobre el análisis de las movilizaciones contra la guerra y la insubordinación de los soldados. El fracaso militar estadounidense no fue simplemente una derrota en el campo de batalla, sino el resultado de una insubordinación de clase generalizada. La resistencia dentro del ejército y de la sociedad civil —deserciones, prensa clandestina de los soldados, negativas a combatir, asesinatos de oficiales por parte de sus propios subordinados[5], rupturas de la disciplina y el agotamiento de una clase trabajadora reclutada— paralizó la capacidad del Estado estadounidense para continuar la guerra. Esta resistencia no se cristalizó en un movimiento internacionalista proletario; se mantuvo en gran medida pacifista, democrática y, en general, antiimperialista. Sin embargo, demuestra que los rechazos más amplios a la guerra pueden adquirir una importancia material incluso cuando el internacionalismo explícito del “tercer campo” sigue siendo minoritario. El problema es cómo se pueden clarificar y conectar esos rechazos sin que sean absorbidos por el pacifismo liberal, el apoyo al campo rival o un antiimperialismo que deja sin examinar el contenido de clase de las fuerzas opuestas.
En relación con esto, y en contraposición a las posturas acríticas sobre la liberación nacional que prevalecen hoy en día, el “Manifiesto de París” de 1976, redactado por comunistas árabes e israelíes y publicado en la revista “Khamsin”, desarrolla una crítica simultánea al sionismo, al Estado israelí, a los regímenes árabes, a las organizaciones nacionales palestinas y a las fuerzas imperialistas activas en la región. El Estado israelí se analiza como un Estado capitalista sionista basado en el desplazamiento masivo, la dominación militar y la violencia brutal contra la población palestina, así como en la incorporación de las y los trabajadores judíos a la defensa nacional y al proyecto sionista nacionalista y expansionista. Hoy en día, la trayectoria del militarismo que ellos criticaban ha escalado en un genocidio. Al mismo tiempo, las y los trabajadores judíos israelíes no se reducen a una mera extensión del Estado. El conflicto de clases, las huelgas salvajes, las jerarquías internas y el descontento social de aquella época seguían siendo una realidad dentro de la sociedad israelí y mantenían su relevancia política. La correlación de fuerzas de clase es diferente en la actualidad y las ideologías nacionalistas reaccionarias tienen mucho más peso, no solo en Israel, sino en toda la región y a nivel internacional.
La crítica del “Manifiesto” al nacionalismo palestino no es secundaria respecto a su crítica al sionismo. Rechaza tanto la estrategia orientada al Estado de la OLP como la alternativa negacionista que se oponía a cualquier compromiso en nombre de la liberación nacional total y la destrucción del Estado de Israel. Estas posiciones diferían tácticamente, pero compartían el mismo horizonte: la organización de las y los proletarios palestinos como pueblo nacional representado por liderazgos políticos y militares. La emancipación no puede equipararse a la construcción de un Estado, a la victoria de un ejército nacional ni al reconocimiento diplomático de una dirección nacional. La posición de las y los camaradas era clara: un Estado palestino podría eliminar una coartada del nacionalismo árabe y poner a las y los trabajadores palestinos cara a cara con su propia clase dominante; pero no constituiría su emancipación.
La paz entre Estados, o entre actores estatales y cuasiestatales, no es lo opuesto a la guerra. Es una nueva organización de la misma realidad: fronteras, acuerdos de seguridad, medidas policiales, reconocimiento diplomático, gestión de la población, reconstrucción y nuevas formas de incorporación a las economías nacionales. En este sentido, la paz prolonga el contenido de clase de la guerra por otros medios. No elimina las fuerzas que organizaron el conflicto; puede estabilizar su relación y redistribuir sus roles.
Esta dinámica se aplica al presente sin anacronismos. Los acuerdos temporales, los altos al fuego, los intercambios de prisioneros o rehenes, los mecanismos de reconstrucción y las garantías de seguridad pueden resultar aceptables para actores como Hamás, Irán, Catar, Israel y Estados Unidos, cada uno por sus propias razones y dentro de su propia estrategia. Pero tales acuerdos no pueden equipararse a los intereses de las y los proletarios palestinos. Regulan las condiciones bajo las cuales las y los palestinos siguen siendo gobernados, vigilados, desplazados, contenidos, empleados, desempleados, dependientes de la ayuda, o incluso asesinados en masa.
El último texto de nuestra compilación, el de Arya Zahedi sobre Irán, traslada al presente la crítica al “campismo” antiimperialista. El conflicto del Estado iraní con Estados Unidos, Israel u occidente vuelve a ser considerado por estos “antiimperialistas” como motivo suficiente para pasar por alto su carácter de clase, su brutal represión de las luchas de clase y sociales, y su papel en la dominación capitalista en Asia occidental. La República Islámica utiliza el conflicto externo para imponer violentamente la disciplina interna: para reprimir huelgas, aplastar el movimiento de mujeres, imponer medidas de austeridad, vigilar la moral, reprimir a las minorías y presentar la lucha social como traición en un momento de emergencia nacional. Esto no es exclusivo de Irán. Todos los Estados utilizan el peligro externo para demandar la unidad interna. Lo que resulta específico hoy en día es que sectores de la izquierda internacional aceptan esta lógica cuando el Estado en cuestión confronta a Estados Unidos, Israel u occidente —mientras el esfuerzo bélico del Estado se rebautiza como “resistencia”— sin el pretexto del carácter socialista del Estado, ni una “tercera vía” hacia el socialismo, como ocurría en el pasado.
El resultado es previsible: las y los trabajadores, mujeres, migrantes, minorías y presos que luchan contra el régimen desaparecen de la vista cuando caen las bombas. El esfuerzo bélico del Estado se rebautiza como “resistencia”; aquellas y aquellos a quienes explota y reprime pasan a un plano secundario. El conflicto con un imperialismo más fuerte no convierte a un Estado en un agente de emancipación. Simplemente hace que el Estado sea más efectivo a nivel interno, ya que la disidencia puede criminalizarse como traición.
Este problema se extiende más allá de la vieja izquierda: el estalinismo, la socialdemocracia, el antifascismo patriótico o el “campismo” antiimperialista clásico. Afecta a corrientes que se presentan como una crítica radical del marxismo tradicional. No obstante, estas corrientes no deben equipararse entre sí. La teoría de la comunización, la crítica del valor, el marxismo influido por Postone, la herencia de la Escuela de Fráncfort y la política antialemana tienen historias diferentes y a menudo conducen a conclusiones políticas opuestas. Sin embargo, algunas versiones de estas corrientes comparten una tendencia común: el proletariado aparece tan completamente integrado en el capital que ya no puede concebirse como el sujeto contradictorio de la transformación comunista.
El enfoque de Théorie Communiste[6] es más sutil. TC no se limita a reproducir una teoría de la subsunción total del proletariado en el capital. Pero, asimismo, rechaza situar la superación comunista en la posible constitución de la clase trabajadora como clase para sí: cualquier autonomía positiva o autoafirmación del proletariado sigue siendo, para TC, una afirmación de uno de los polos de la relación del capital y, por lo tanto, un límite que hay que superar. El problema es que, una vez que la actividad de clase autónoma queda reducida a tal límite, el tránsito más allá de la relación del capital ya no puede surgir a través del desarrollo y la generalización de esa misma actividad. En su lugar, se sitúa estructuralmente en la transformación de la relación de clase: en la creciente superfluidad del trabajo para la valorización y en la brecha cada vez mayor entre la reproducción de las y los proletarios y la valorización de su fuerza de trabajo. La abolición del proletariado tiende así a aparecer menos como el posible resultado de su actividad propia contradictoria que como el resultado de una contradicción producida por el propio capital, que acaba convirtiendo la pertenencia de clase en una restricción externa que es luego abolida por las medidas comunizadoras de una población cuya afirmación como clase se ha vuelto imposible.
Nuestra crítica a estas posturas no consiste en replegarse a un culto nostálgico y obrerista al trabajo y a la fábrica. El horizonte comunista no es la autoafirmación del proletariado como clase dentro del capitalismo, sino la abolición del capital como relación social y, por lo tanto, del proletariado como tal. El problema surge cuando la necesaria crítica a la autoafirmación proletaria se convierte en una negación teórica de la capacidad de la clase para transformarse a sí misma a través de sus propias luchas. Si se entiende al proletariado únicamente como algo plenamente subsumido en el capital, integrado en una “sociedad totalmente administrada” o incluso como nada más que un polo de la relación capitalista, entonces la posibilidad de ruptura tiende a desplazarse a otra parte. A veces se transfiere a las poblaciones excedentarias, a las y los migrantes, a los sujetos racializados, a las y los absolutamente excluidos o a una figura indefinida de resistencia como las y los “bárbaros”. A veces se transfiere a los movimientos de liberación nacional cuyo contenido de clase permanece sin examinar. En otros casos, especialmente en ciertos entornos antialemanes, el desplazamiento se mueve en la dirección opuesta: hacia la defensa de un Estado existente, es decir, Israel, como supuesta barrera contra la barbarie antisemita.
La trayectoria antialemana es un caso en el que la idea inicial ya contenía los gérmenes de su desarrollo posterior. Es cierto que en algunos sectores de la izquierda alemana había existido una tendencia a tratar el antisemitismo y el Holocausto como si el mero hecho de mencionar el fascismo, el capitalismo o el imperialismo en general bastara ya para captar su forma histórica determinada. Pero las y los antialemanes respondieron a esto separando esa forma histórica de la relación de clase, del Estado capitalista y de la historia material de la violencia imperialista. El resultado no fue una explicación dialéctica del antisemitismo como un momento específico dentro de la totalidad capitalista, sino la elevación de esta particularidad a la categoría de excepción política. El antisemitismo no es simplemente un racismo entre otros, ni el Holocausto es simplemente una masacre de Estado entre otras; pero ninguno de los dos puede entenderse como una singularidad no derivada, separada de la totalidad social capitalista que produjo el Estado moderno, la racialización, la competencia imperial y el nacionalismo exterminador. El error antialemán no fue, por tanto, solo el apoyo posterior a Israel, a Estados Unidos o a la OTAN. Ya estaba presente en la propia forma de la corrección: en lugar de derivar la particularidad a partir de la totalidad, terminaron contraponiendo cada vez más la particularidad a la totalidad.
A partir de ahí, se despojó a Israel de su realidad como Estado capitalista con sus propias relaciones de clase, su violencia nacionalista y su función geopolítica, y se le elevó a la condición de portador privilegiado de la memoria histórica y la razón antifascista. La defensa de Israel derivó sin fisuras en una apología del poder de EE. UU. y la OTAN, reformulada como la defensa de la civilización frente a la barbarie antisemita. No se trata de una desviación menor respecto a la crítica original. Es su reductio ad absurdum: la teoría crítica de la integración total, llevada a sus últimas consecuencias, que genera un apoyo acrítico al poder existente. Esa trayectoria merece ser señalada y descrita precisamente porque muestra hasta qué punto el desplazamiento de la emancipación fuera de las relaciones de clase puede invertir la intención política original.
Las consecuencias políticas de la concepción de TC se hacen más evidentes en su intercambio con Minassian[7] sobre Gaza[8]. En su análisis de Gaza, TC reconoce acertadamente la fragmentación del proletariado palestino y su producción como una “población excedente”. El problema radica en lo que entiende por actividad de clase autónoma. Para TC, la autoorganización proletaria sigue siendo una afirmación de la clase dentro de la relación del capital y, por lo tanto, un límite que hay que superar. Dado que la autoorganización implica que la clase actúa estrictamente como tal, ésta puede adoptar en sí misma formas nacionales u otras modalidades de incorporación. La distinción entre autoorganización y autonomía de clase queda así difuminada. La autonomía ya no designa una tendencia dentro de la lucha a través de la cual las y los proletarios entran en conflicto con las formas que los organizan como clase del capital, sino que se considera como la búsqueda de una actividad de clase supuestamente pura, separada de esas determinaciones. De ahí la acusación de “pureza conceptual” contra los intentos de identificar tendencias autónomas dentro de las luchas de la población palestina. El resultado es paradójico: dado que la autoorganización nacionalista puede aceptarse como la forma real de la lucha proletaria, mientras que distinguir los antagonismos que la atraviesan se considera sospechoso de imponer una pureza abstracta, las “banderas disponibles” de los protoestados nacionales o religiosos tienden a convertirse en las formas de lucha prácticamente ineludibles. Lo que, por lo tanto, queda privado de significado político independiente son, precisamente, las luchas reales y las fricciones materiales dirigidas contra Hamás como burocracia gobernante.
Esto tiene consecuencias que van más allá del propio análisis de TC. Converge políticamente con una izquierda “antiimperialista” más amplia que vigila con agresividad esta frontera nacional, desacreditando de forma preventiva la mera posibilidad de una solidaridad más allá de las fronteras nacionales —o cualquier intento de enmarcar el conflicto en términos de clase en lugar de nacionales— como expresión de una “mentalidad colonialista” o de un “sionismo liberal”. En última instancia, este enfoque trata el aparato capitalista de la liberación nacional como un límite insuperable de la lucha, cediendo la posición internacionalista a la lógica del mal menor.
El apoyo a la resistencia nacional palestina y el apoyo al Estado israelí son, obviamente, resultados políticos distintos. Sin embargo, subyacente a estas diferencias políticas evidentes, se esconde un desplazamiento teórico familiar: la emancipación ya no se sitúa en las luchas contradictorias del proletariado contra su propia constitución capitalista. En su lugar, la actividad transformadora tiende a buscarse ya sea en las determinaciones bajo las cuales la clase se organiza actualmente, en otras figuras privilegiadas de la negatividad o totalmente fuera de la autoactividad proletaria; en la nación oprimida, el sujeto excluido, la identidad victimizada, la negatividad abstracta o un Estado que afirma defender la civilización frente a la barbarie.
Nuestro punto de partida es diferente. No requiere una creencia ingenua en un sujeto revolucionario ya constituido. El proletariado no es revolucionario porque sea puro, ajeno al capital, o ya consciente de su tarea. Es importante porque es producido por el capital, disciplinado por el capital y, sin embargo, capaz, en la lucha, de interrumpir la reproducción de la relación que lo constituye. El problema no puede resolverse permitiendo que la integración del proletariado en el capital agote el significado político de sus luchas. No se trata de sustituir al viejo sujeto-trabajador afirmativo por otra figura purificada de negatividad —el llamado “abyecto”, las poblaciones excedentarias o un mecanismo estructural que se supone que produce la ruptura por sí mismo—, sino de trabajar a través de los rechazos contradictorios que emergen dentro de las propias relaciones sociales capitalistas.
Esto nos lleva de nuevo a Vietnam. La historia de la Guerra de Vietnam es importante no porque ofrezca un modelo replicable, sino porque mapea el terreno en el que debe operar la intervención internacionalista. El rechazo a la guerra casi siempre comienza de forma confusa, parcial y sin un programa definido. Sin embargo, es precisamente este espacio de resistencia espontánea el que proporciona la base material para una ruptura internacionalista proletaria con la maquinaria bélica nacional.
Además, esto nos devuelve a la pregunta con la que empezamos: ¿por qué esa resistencia espontánea rara vez se ha cristalizado en una ruptura de masas comparable a la que tuvo lugar entre 1917 y 1920? Para responder a ello, debemos mirar más allá de la derrota ideológica. La ausencia de una oleada internacionalista comparable en las décadas posteriores fue el resultado de un profundo cambio estructural. La “densidad organizativa” material que permitió los motines, la fraternización y el surgimiento de la forma consejo fue desmantelada sistemáticamente. Por un lado, las formas autónomas de organización de clase fueron aplastadas físicamente o integradas institucionalmente en el aparato estatal a través de la burocratización sindical, la socialdemocracia y el estalinismo. Por otro lado, la propia composición de la clase se ha transformado radicalmente: las sucesivas oleadas de reestructuración capitalista, desindustrialización y fragmentación de las comunidades obreras compactas han disuelto la antigua base material de la acción colectiva. Por lo tanto, el problema hoy no consiste simplemente en revivir los modelos organizativos de 1917, sino en cómo el rechazo contemporáneo a la guerra puede adquirir un contenido de clase y convertirse en una fuerza material dentro de la realidad estructuralmente fragmentada del proletariado actual.
El rearme europeo plantea este problema con urgencia en la actualidad. Los gobiernos hablan el lenguaje de la preparación y defensa nacional, pero la disposición de luchar no es algo de lo que el Estado disponga por sí mismo. Debe generarse mediante el miedo, la disciplina, la propaganda, las fronteras, las leyes de reclutamiento y el castigo. La voluntad política de luchar —en el sentido de una identificación voluntaria y masiva con los proyectos militares nacionales— es notablemente débil en toda Europa hoy. Ucrania es el indicador más claro de ello: el reclutamiento forzoso, la evasión generalizada del servicio militar y la fricción social interna generada por el coste de la guerra contradicen por completo el mito de una población uniformemente unida tras la bandera. Esto no significa que las y los trabajadores y soldados ucranianos hayan adoptado una posición proletaria internacionalista, al menos no en un sentido organizado. Sin embargo, la brecha entre lo que el Estado necesita y lo que la gente está dispuesta a soportar es una fractura real; el tipo de fractura en la que tenemos que trabajar.
En última instancia, la historia que estamos analizando nos lleva a un problema práctico más que a una conclusión cerrada: ¿bajo qué condiciones puede la posición internacionalista intervenir en las fracturas reales de la movilización bélica y ayudar a convertirlas en una ruptura de clase con el Estado, la nación y la organización capitalista de la vida? Estas fracturas no son inmediatamente revolucionarias y pueden ser absorbidas por el pacifismo o el “campismo”; una tendencia visible, por ejemplo, en el significado político controvertido de las movilizaciones de las y los trabajadores portuarios contra los envíos de armas. Pero sin ellas, el “tercer campo” sigue siendo una fórmula abstracta.
Antithesi, 21 junio-11 agosto de 2026
[1] Berneri, Marie Louise (1952) Neither East Nor West: Selected Writings. London: Freedom Press. Estamos especialmente agradecidos a nuestras compañeras y compañeros de París por las conversaciones que ayudaron a poner en marcha este proyecto: por introducir los escritos de Berneri en nuestros debates y por llamar nuestra atención sobre la relación entre Henry Chazé y Henri Simon. Agradecemos especialmente el trabajo que se está realizando sobre su correspondencia, que despertó nuestra curiosidad y nos animó a explorar estas conexiones más a fondo.
[2] Se refieren al libro que editó el grupo recientemente en la región griega; 100 χρόνια ενάντια σε κάθε στρατόπεδο: Προλεταριακός διεθνισμός, πόλεμος και επανάσταση [100 años contra todos los campos: internacionalismo proletario, guerra y revolución], en donde reúnen textos que fueron escritos en contextos de guerra, ocupación, dominio colonial y represión, por anarquistas antimilitaristas, comunistas de izquierda y de consejos, internacionalistas de la Europa ocupada y combatientes de las colonias, quienes coinciden en una postura común: la emancipación del proletariado no pasa por la victoria de ninguna patria, ningún gobierno, ninguna burguesía nacional o “antiimperialista”. [N. del E.]
[3] Sin embargo, esta corriente política no debe analizarse aislada del contexto social más amplio de la Grecia ocupada. Las primeras oleadas de huelgas, manifestaciones y acciones colectivas en Atenas no surgieron de un aparato del EAM ya consolidado. Al comienzo de la ocupación, el mecanismo organizativo del Partido Comunista había quedado gravemente destrozado por la Dictadura, los encarcelamientos, el exilio y la infiltración policial. Muchas de las primeras luchas emergieron, en cambio, de las presiones materiales inmediatas del hambre, el colapso de los salarios, los comedores populares, los trabajos forzados, las condiciones hospitalarias y la cuestión de la supervivencia física. En numerosos casos, los obreros, empleados, inválidos del frente albanés, enfermos de tuberculosis y los comités locales se movilizaron antes o incluso en contra de las vacilaciones iniciales de la dirección del EAM/EEAM, que, no obstante, terminó apoyando, coordinando y absorbiendo políticamente estas iniciativas. Por lo tanto, el punto no consiste en oponer una espontaneidad pura a la organización. Más bien, el caso griego muestra cómo se forjó la hegemonía del EAM a través de un proceso de intervención en las luchas que inicialmente la precedieron. Lo que más tarde se presentó como un movimiento unificado de liberación nacional contenía en su seno una historia más desigual de autoactividad social: iniciativas en los lugares de trabajo, comités hospitalarios, protestas por el hambre y huelgas que surgieron de la reproducción concreta de la vida de la clase trabajadora bajo la ocupación. La crítica internacionalista de Stinas adquiere parte de su importancia en este contexto. Insistía en que estas rupturas sociales no debían subordinarse a la reconstrucción de un frente nacional, ya fuera bajo los auspicios de los Aliados o bajo el liderazgo político del EAM.
[4] En el verano y el otoño de 1946, en medio de una grave escasez de viviendas, la desmovilización y la austeridad de la posguerra, decenas de miles de personas —muchas de ellas ex combatientes y sus familias— ocuparon campamentos militares vacíos y, más tarde, hoteles y departamentos por toda Gran Bretaña. El movimiento no supuso un desafío revolucionario al Estado, pero muestra cómo el retorno de los soldados a la vida civil podía convertirse en una fuente de fricción social y de acción directa en la transición de la guerra al orden de la posguerra.
[5] En el texto original en inglés se utiliza la palabra fragging, que hace referencia a las granadas de fragmentación (frag grenades) que utilizaban normalmente los soldados estadounidenses para asesinar a sus superiores, simulando accidentes de combate. [N. del E.]
[6] Uno de los principales grupos/revista francófonos de la corriente comunizadora: https://www.theoriecommuniste.org/ [N. del E.]
[7] En la región chilena fueron traducidas dos entrevistas y coeditadas en un libro por Mapas y Huellas, Pensamiento & Batalla y la Biblioteca Autónoma Laín Díez en 2025 bajo el título: Antagonismos actuales: división y composición de clases en Gaza. Dos conversaciones con Emilio Minassian. [N. del E.]
[8] Ver “Gaza 2024”, en “Theorie Communiste” N° 28, P. 101-138: https://www.theoriecommuniste.org/IMG/pdf/tc28final-a5.pdf [N. del E.]