για την κατάργηση της μισθωτής εργασίας, του χρήματος και του κράτους ─ για τον κομμουνισμό

Contra la posición leninista sobre el imperialismo

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Folleto en PDF

PRESENTACIÓN

Este texto fue terminado de redactar el 3 de noviembre de 2022 y fue escrito originalmente en inglés para publicarse en la “Revista de práctica y teoría comunista” estadounidense, “Insurgent Notes” N° 25 de enero de 2023 dedicada exclusivamente a la guerra en Ucrania, compartiendo las páginas con textos de grupos y autor@s como: Jacques Camatte, Devrim Valerian, Amigas y Amigos de la Sociedad sin Clases, Ross Wolfe, etc.

Por su parte, Antithesi[1], l@s autor@s, son un grupo comunista antiautoritario de Grecia, que busca contribuir al desarrollo de las luchas proletarias que estallan en todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde una posición marcadamente anticapitalista y antiestatal que promueve la superación de las divisiones y límites presentes en su interior. L@s compañer@s se han dedicado a difundir la perspectiva comunista radical en los entornos antagonistas de su región -que poseen un marcado carácter anarquista y antiautoritario-, elaborando materiales propios y traducien[1]do textos afines redactados desde diversos puntos del globo. También forman parte del equipo editorial de la revista teórica “To Dialytiko” (“El Disolvente”) que se publica anualmente desde 2017.

“Contra la posición leninista sobre el imperialismo”, se encuentra estructurado en dos partes. La primera analiza y critica genealógicamente la aparición y los usos del concepto de “imperialismo” en la izquierda (Marx, Hobson, Hilferding, Lenin), y examina sus consecuencias políticas (interclasismo, nacionalismo, “teoría de la dependencia”, antiimperialismo, etc.), mientras que la segunda, da cuenta, a partir de la guerra en Ucrania actualmente en curso, de la importancia de mantener la perspectiva internacionalista y antibelicista en conflictos interimperialistas, bajo la consigna del “derrotismo revolucionario”.

Creemos que el presente material contribuye a comprender que a pesar del desarrollo desigual y no-simultaneo del capital a nivel mundial, las diferencias de su implementación en diversos puntos del planeta son esencialmente de grado, ritmo y forma, y no de contenido, ya que el capitalismo es uno solo y depende, en todas partes, fundamentalmente de la explotación del trabajo del proletariado.

Vamos Hacia la Vida

 

CONTRA LA POSICIÓN LENINISTA SOBRE EL IMPERIALISMO

NOTA DE L@S AUTOR@S:

Nuestro objetivo inicial antes de publicar en inglés el texto sobre la guerra en Ucrania “War and Crisis” [“Guerra y Crisis”] era componer, junto con otros camaradas, un artículo más amplio y completo que incluyera, además del texto sobre la situación actual, una crítica del imperialismo y del antiimperialismo sobre la base de una comprensión particular del capital, del Estado y del mercado mundial. Un entendimiento del capital como relación social de producción, del Estado como forma política del dominio del capital, y del mercado mundial como rasgo distintivo y elemento esencial del capitalismo y como condición necesaria para la existencia de los Estados-nación. Además, el artículo incluiría una polémica contra el nacionalismo de izquierdas y las diversas formas de belicismo y “la santa unión” entre clases, así como una defensa del derrotismo revolucionario. Desgraciadamente, las circunstancias no permitieron completar este artículo como un único ensayo y sus partes se publican como textos independientes.

Antithesi y Amig@s

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El concepto de imperialismo se utilizó en el siglo XX para describir principalmente dos fenómenos: por un lado, la agresión militar de los Estados capitalistas (guerras imperialistas, ocupación militar y conquista territorial) y, por otro, la expansión mundial del modo de producción capitalista en todos sus aspectos económicos, políticos, sociales y culturales.

Dado que Marx consideraba como aspectos inherentes al capitalismo su carácter global y su expansión, no necesitaba un concepto específico para referirse a estos fenómenos. Además, aunque atacaba con vehemencia la violencia, la opresión y la explotación del colonialismo, también pensaba que el proceso de modernización capitalista creaba las condiciones para una situación histórica en la que la humanidad puede crear una forma emancipada de sociedad (aunque no consideraba que fuera necesario que toda forma social precapitalista pasara por el proceso de “acumulación primitiva” capitalista en el camino hacia la emancipación).

Por esta razón, cuando encontramos el concepto de imperialismo (o alternativamente el concepto de imperio) en Marx, tiene un significado completamente diferente del que adquirió en el siglo XX: se utiliza como sinónimo de bonapartismo o cesarismo, es decir, de un régimen político autoritario que actúa en favor de los intereses de la burguesía en general. El término imperialismo se utiliza pues en Marx por su referencia directa al régimen del Imperio Romano (imperium), donde el poder se concentra en la persona del Emperador, que prevalece sobre las facciones beligerantes de los patricios. En el concepto marxiano de imperialismo o bonapartismo, el poder del parlamento y, más en general, de las instituciones liberales de representación democrática es suplantado por el ejecutivo, la administración del Estado se hace independiente de los dictados de las facciones individuales de la burguesía, mientras que el líder, en cuya persona se concentra el poder del Estado, intenta ganarse a las “clases bajas” mediante beneficios y consignas demagógicas que, por supuesto, no afectan en lo más mínimo a la explotación capitalista del trabajo (un fenómeno que en la terminología moderna se denomina “populismo”). De este modo, el Estado aparece como una institución neutral que se eleva por encima de la sociedad. Como indica Marx en uno de sus escritos sobre la Comuna de París, el imperialismo es la forma suprema del poder estatal burgués: si el Estado fue utilizado originalmente por la burguesía para su emancipación del feudalismo, en la sociedad burguesa plenamente desarrollada el Estado adquiere el carácter de poder nacional del capital social total sobre el trabajo a través del imperialismo/ bonapartismo, ya que se eleva por encima de los intereses de uno u otro sector de la burguesía.

Sin embargo, el concepto de “imperialismo” adquiere un significado muy diferente en el siglo XX. La característica clave de este nuevo concepto fue formulada por primera vez por el economista socialista liberal inglés John Hobson en su obra magna titulada Imperialismo, publicada en 1902. Aunque no era marxista, John Hobson criticó duramente la ley de Say según la cual “la oferta crea su propia demanda” y se hizo conocido por su teoría del subconsumo para la explicación de la Gran Depresión de finales del siglo XIX. Según su teoría, el subconsumo se debía a la gran desigualdad en la distribución de la renta. Los limitados ingresos de la mayoría van acompañados del excesivo ahorro de unos pocos ricos, que se estancan al resultar difícil invertir en el mercado interior con suficiente rentabilidad. Según Hobson, ésta es la fuerza motriz del imperialismo, definido en este caso como la búsqueda de nuevos mercados y de salidas de inversión a través de la expansión colonial para exportar el capital excedente, cuyo objetivo es resolver la crisis creada por el subconsumo dentro del país en cuestión. Hobson consideraba el imperialismo como un elemento innecesario e inmoral del capitalismo del que éste podía librarse. En concreto, propuso la eliminación del capital excedente mediante la redistribución de la renta y la nacionalización de los monopolios, es decir, mediante la reforma del capitalismo sin necesidad de su derrocamiento revolucionario[2].

Aparte del socialista liberal Hobson, una serie de marxistas, como Parvus, Kautsky, Hilferding, Rosa Luxemburg y Lenin, dieron un significado similar al concepto de imperialismo sin que necesariamente todos ellos estuvieran influidos directamente por Hobson (por ejemplo, Parvus y Luxemburg). El contenido común que todos ellos atribuyeron al imperialismo fue el intento de encontrar una salida a la crisis de reproducción del capital mediante la expansión a nuevos mercados para la exportación de mercancías y capital, independientemente de la interpretación que cada uno de ellos diera a la crisis (crisis de subconsumo en el caso de Luxemburg, crisis de sobreproducción en el caso de Parvus, desproporcionalidad entre sectores de la producción capitalista en el caso de Hilferding y Lenin, etc.).

La obra teórica más importante e influyente en la que se basaron más o menos todos los marxistas mencionados fue el libro de Rudolf Hilferding El capital financiero, publicado por primera vez en 1910. En esta obra, Hilferding, influido por Parvus y Hobson, introduce el concepto de capital financiero como la última “etapa” o “fase”, como él la llama, del capitalismo. Como escribió:

El capital financiero significa la unificación del capital. Las esferas antes separadas del capital industrial, comercial y bancario están ahora bajo la dirección común de las altas finanzas, en las que los amos de la industria y de los bancos están unidos en una estrecha asociación personal. La base de esta asociación es la eliminación de la libre competencia entre los capitalistas individuales por parte de las grandes combinaciones monopolísticas. Naturalmente, esto implica al mismo tiempo un cambio en la relación de la clase capitalista con el poder estatal (…) La política del capital financiero tiene tres objetivos: (1) establecer el mayor territorio económico posible; (2) cerrar este territorio a la competencia extranjera mediante un muro de aranceles protectores, y en consecuencia (3) reservarlo como área de explotación para las combinaciones monopolísticas nacionales”.[3]

El capital financiero es la última etapa del capitalismo y en esta última etapa, según Hilferding, el capitalismo tiene las siguientes características[4]:

  • La formación de trusts, cárteles y, en general, empresas monopolísticas (que suprimen la competencia capitalista).
  • La fusión del capital bancario e industrial en capital financiero.
  • El abandono del libre comercio y su sustitución por el proteccionismo en favor de los monopolios nacionales.
  • La subordinación del Estado a los monopolios y al capital financiero.
  • La formación de políticas expansionistas de anexión colonial y guerra mediante las cuales los Estados apoyan el movimiento de “su” capital. La competencia entre los capitales individuales se transforma en rivalidad geopolítica entre los Estados nacionales en función del poder de cada uno.

Hilferding describió más tarde esta fase capitalista como “capitalismo organizado”. Existe una afinidad con la noción de imperialismo/bonapartismo de Marx en el sentido de que, como señala Hilferding: “El poder económico también significa poder político. El dominio de la economía da el control de los instrumentos del poder estatal. Cuanto mayor es el grado de concentración en la esfera económica, más ilimitado es el control del Estado. La concentración rigurosa de todos los instrumentos del poder estatal adopta la forma de un despliegue extremo del poder del Estado, que se convierte en el instrumento invencible para mantener la dominación económica[5]. Pero esto es claramente un error colosal: el hecho de que el Estado asuma el carácter de poder nacional del capital social total sobre el trabajo y se eleve por encima de los intereses de los distintos sectores de la burguesía no es en absoluto necesariamente idéntico a la abolición de la competencia y a la fusión completa del Estado y los monopolios, ni a la concentración del poder en manos de los llamados “oligarcas capitalistas” (cuya dictadura puede ser sustituida así por la dictadura de los dirigentes del partido sobre el proletariado).

En esencia, Lenin adopta esta posición de Hilferding en su totalidad en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo y la desarrolla aún más. Brevemente, la definición que da es la siguiente: “El imperialismo es el capitalismo en aquella fase de desarrollo en la que se ha establecido el dominio de los monopolios y del capital financiero; en la que la exportación de capitales ha adquirido una importancia pronunciada; en la que ha comenzado la división del mundo entre los trusts internacionales, en la que se ha completado la división de todos los territorios del globo entre las mayores potencias capitalistas[6].

Según Lenin, el imperialismo es capitalismo en decadencia, ya que todo monopolio en las condiciones de la propiedad privada de los medios de producción tiende al declive. Además, el imperialismo es ya capitalismo moribundo porque la monopolización significa una necrosis de la competencia debido a la centralización, y por lo tanto no hay desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. La producción se socializa hasta tal punto que contradice la propiedad privada de los medios de producción. Así, según Lenin, se abre el camino a la revolución. Sin embargo, la revolución no aparece automáticamente, sino que requiere la acción revolucionaria consciente y organizada de la clase obrera bajo la dirección, por supuesto, del partido.

Lenin argumentaba que el imperialismo es necesariamente la última etapa del capitalismo y que esta etapa ya estaba en marcha desde principios del siglo XX. Pero aparentemente se ha demostrado que estaba lamentablemente equivocado, ya que un siglo después es muy posible que todavía existan monopolios globales, pero esto no ha impedido la reproducción de un número infinito de capitales más pequeños que explotan a millones de proletarios todos los días. Aparte del hecho de que la teoría leninista del imperialismo consagró una concepción de la revolución como la transferencia del control de la producción monopolística de las manos de los capitalistas a las manos de los dirigentes del partido, también ha formado la base ideológica para la legitimación del apoyo de los partidos de izquierda a los pequeños y medianos capitales contra los monopolios y los bancos, una posición de larga data tanto del Partido Comunista de Grecia como de la izquierda griega e internacional más amplia, que por supuesto no está en absoluto en contra del capital como relación social y contra el trabajo asalariado.

Además, Lenin argumentó que en la etapa del imperialismo el capitalismo se vuelve parasitario como: “La explotación de las naciones oprimidas —que está inseparablemente conectada con las anexiones— y, especialmente, la explotación de las colonias por un puñado de ‘Grandes’ Potencias, transforma cada vez más al mundo ‘civilizado’ en un parásito en el cuerpo de cientos de millones de personas de las naciones incivilizadas. El proletario romano vivía a expensas de la sociedad. La sociedad moderna vive a expensas del proletario moderno[7]. Entonces, el objetivo inmediato en la etapa imperialista es la explotación de los países débiles. Esto se realiza a través de conquistas imperialistas que establecen una realidad económica internacional desigual en la que los Estados imperialistas tienen una posición dominante y los Estados y pueblos subordinados a los imperialistas tienen una posición subordinada.

Por lo tanto, el supuesto principal de la teoría leninista del imperialismo es que el subdesarrollo y el sufrimiento de los pueblos de la periferia son causados por la dependencia de los países de la periferia a los países de la metrópoli. Esto se logra mediante el “saqueo” de la periferia y mediante la “operación” del capital extranjero que domina al capital nacional.

Aparte de que la tesis del “parasitismo” es claramente contrarrevolucionaria, ya que presenta a los proletarios de los países capitalistas desarrollados como explotadores de los proletarios de los países capitalistas menos desarrollados, también es errónea. Debido a la alta productividad del trabajo en los países capitalistas desarrollados, el grado de explotación de los trabajadores de estos países es mucho mayor que el de los trabajadores de los países capitalistas menos desarrollados[8]. Además, tal posición sobre el parasitismo conduce al apoyo de los movimientos de liberación nacional, es decir, al fortalecimiento del nacionalismo y, en última instancia, al apoyo del establecimiento y desarrollo de las relaciones capitalistas en los países “no desarrollados”.

Un evento de importancia decisiva para la difusión de la política antiimperialista y el curso de los movimientos de liberación nacional y anticoloniales fue el VI Congreso de la Comintern de 1928, que adoptó la posición de que el imperialismo era un obstáculo para el desarrollo industrial de las colonias. Para ese tiempo, muchos comunistas se habían adherido a la posición marxista más antigua que suponía que el colonialismo conduciría a largo plazo a la industrialización, que a su vez se consideraba una condición necesaria para la emancipación general de la humanidad. La posición de la Comintern refleja una contradicción central para la teoría y la dialéctica marxistas, a saber, la dialéctica entre el capitalismo (y su principal forma política contemporánea, el Estado-nación) y la emancipación. Por un lado, afirmaba firmemente la concepción marxista de la progresividad del capitalismo en la medida en que se promovía el desarrollo intenso y rápido del modo de producción capitalista bajo el seudónimo de “socialismo”, mientras que, por otro lado, se culpaba a la expansión mundial del capitalismo, bajo el nombre de “imperialismo”, de retrasar y bloquear el proceso de modernización en las colonias, que acabaría conduciendo a la emancipación humana general. A través de un movimiento que rompe esta dialéctica, el lado bueno del capitalismo que trae el desarrollo y por lo tanto trae la posibilidad de la emancipación —y que es llevado a cabo por un régimen socialista, es decir, capitalista de Estado, que en algún momento del proceso se convertirá en comunista— se separa de su lado malvado destructivo y explotador, que debe ser combatido y al que se le da el nombre de “imperialismo”. Este último (el capitalismo en desarrollo desigual) debe ser combatido por los movimientos de liberación nacional, que en el proceso establecerán Estados-nación modernos, y que son el medio natural para el desarrollo del capitalismo en su forma progresiva. Esta concepción refleja y a la vez malinterpreta la dialéctica marxiana entre capitalismo y progreso, privándola de su carácter dialéctico: la posición de Marx de que el movimiento obrero debe explotar el proceso histórico contradictorio de desarrollo capitalista que está evolucionando actualmente, está muy lejos de la posición bolchevique de que este proceso de desarrollo capitalista debe ser organizado y promovido por el movimiento proletario, mediante la revolución política y la dictadura del partido[9].

De acuerdo a las llamadas teorías “marxista-leninistas” del imperialismo y del capitalismo monopolista de Estado, las grandes empresas monopolistas se fusionan con el Estado, dando lugar a la formación de una “economía capitalista única de ámbito nacional”. Como la forma monopolista de producción suprime la compulsión de los capitalistas individuales de aumentar sus beneficios mediante el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, lo único que puede preocupar a los monopolios estatales en el mercado mundial es la lucha por esferas de producción políticamente aseguradas y por la realización de los beneficios excedentarios monopolistas. El estancamiento de la fase monopolista del capitalismo impone una especie de antagonismo en el mercado mundial, que adopta la forma de guerra y cuyo contenido es la “división del mundo entre las grandes potencias[10].

Sin embargo, el Estado, todo Estado, por pequeño o grande que sea, tiene como característica estructural la tendencia a expandirse espacial y/o económicamente. Este es el componente básico del nacionalismo, se puede encontrar desde el principio de la era de los Estados-nación y no es una característica particular del Estado en la etapa del imperialismo, como se da a entender implícitamente. Además, el capitalismo no tuvo que alcanzar ninguna etapa “especial”, “avanzada” o “última” para empezar a “dividir el mundo” —y aquí nos referimos a las rivalidades interestatales y no a una supuesta conspiración para anular la competencia capitalista—. Por el contrario, la lucha por “la división del mundo” no tiene nada de específicamente capitalista; fue el contenido del conflicto de reinos e imperios antes del surgimiento del capitalismo y continuó durante su surgimiento, incluso durante el llamado período de “libre comercio” que precedió a la llamada “etapa imperialista”, cuando el Imperio Británico reinaba de forma suprema.

La aceptación total o parcial de las posiciones leninistas sobre el imperialismo conduce necesariamente a concepciones problemáticas y engañosas:

1-Una de las fuerzas motrices del modo de producción capitalista es la competencia entre capitales en su búsqueda del máximo beneficio (la otra es la lucha de clases). Los monopolios existen, y para Marx surgen tanto “naturalmente” dentro del modo de producción capitalista, en la medida en que el proceso de reproducción ampliada del capital es un proceso de concentración y centralización del capital, como “artificialmente”, por ejemplo, en el caso de la propiedad de los recursos que de este modo se monopolizan (y que pueden ir desde las patentes tecnológicas hasta la propiedad de parcelas de tierra de alto rendimiento). Para Marx, sin embargo, esto no abole en absoluto la competencia y, por consiguiente, la “ley del valor”. La igualación de la tasa de ganancia entre las empresas no debe entenderse como el establecimiento de un equilibrio estable en el que todas las empresas alcanzan la misma tasa de ganancia, sino como una situación de movimiento constante del capital que alcanza diferentes tasas de ganancia tanto dentro de la misma industria como entre diferentes industrias, en la que la tasa media de ganancia no es más que un “centro de gravedad” en torno al cual se mueven las distintas tasas[11]. Al mostrar en el tercer volumen de El Capital que las prácticas de fijación de precios (así como los niveles variables de exceso de capacidad) son consistentes con la ley del valor, Marx señala que en el sistema capitalista la productividad del trabajo y la tasa de explotación son los reguladores últimos del proceso de acumulación de capital. El monopolio sólo puede entenderse como una forma particular de aparición de la competencia. No puede escapar a la competencia porque los objetivos de cada capital — lograr el mayor beneficio posible— están en conflicto con los objetivos de todos los demás capitales, debido a que la masa de plusvalía del capital total es cuantitativamente limitada, al igual que son limitadas las bases de la producción de plusvalía en términos de valor de uso (masa de fuerza de trabajo, duración de la jornada laboral, intensidad del trabajo, fuerza productiva del trabajo). Los beneficios del monopolio no pueden ser absolutos. Tampoco pueden ser permanentes, ya que esto implicaría que se eliminaría la competencia de capitales por un mayor retorno de la inversión (movimientos de capitales entre diferentes sectores debido a las diferencias en las tasas de beneficio).

Por el contrario, Hilferding y Lenin, que consideraban los monopolios como la anulación de la competencia, adoptan en realidad el concepto económico vulgar de “competencia perfecta” contra el que se opone el “mercado monopolista”.

2-Dado que el capital es una relación social, la noción de su “exportación” de los países fuertes a los débiles es una enorme distorsión, que conduce a ideologías sobre el “imperio”, los “centros transnacionales de poder”, etc., que oscurecen y mistifican al oponente de clase y, en última instancia, actúan como elemento disuasorio para el despliegue de la lucha de clase del proletariado contra la patronal capitalista, en primer lugar, nacional. De hecho, se da a entender que como los capitales individuales que cruzan las fronteras conservan su nacionalidad, su competencia con los capitales nacionales sustituye o incluso se equipara a la lucha de clases, que se transforma así paradójicamente en una lucha entre naciones, llevada a cabo por sujetos nacionales interclasistas. Se desarrolla la idea equivocada de que la clase obrera y la burguesía de un país explotan juntas a sus homólogas de otros países. Michael Heinrich escribe lo siguiente sobre la cuestión: “(…) la caracterización del imperialismo como ‘parasitario’ es problemática no sólo debido al trasfondo moralista, sino también porque no es fácilmente evidente por qué la explotación de una clase obrera extranjera debería ser peor que la explotación de la clase obrera nacional. Lo que Lenin pretendía como continuación del análisis de Marx, en última instancia no tiene casi nada que ver con la crítica de Marx a la economía política”[12].

Teoría de la dependencia

Un desarrollo de la teoría del imperialismo de Hilferding y Lenin fue la llamada “teoría de la dependencia” formulada en los años 60 y 70 por una serie de teóricos como Samir Amin y André Gunder Frank. Esta teoría introdujo la noción de dividir la economía mundial en tres zonas según el nivel de desarrollo capitalista: centro, semiperiferia, periferia.

Según la teoría de la dependencia, la plusvalía se transfiere de los países de la periferia a los países del centro. Los países de la periferia se mantienen en un estado permanente de subdesarrollo para servir a los intereses del capital monopolista procedente de los países del centro. Esto permite al capital monopolista extranjero explotar la periferia sin competencia del capital local.

De este modo se introduce el concepto (no marxista) de la explotación de los países de la periferia por los países del centro. La teoría de la dependencia conduce no sólo a una nueva categorización de los Estados, sino también a una nueva categorización de las clases sociales en cada país.

Así, tanto la clase obrera como la burguesía del centro se distinguen de la clase obrera y la burguesía de la periferia. De hecho, según la teoría de la dependencia, la clase obrera de la periferia puede aliarse con la burguesía correspondiente dentro de un frente común antiimperialista, del mismo modo que la clase obrera del centro puede aliarse con la burguesía correspondiente a favor de la política imperialista del Estado al que pertenece.

El error de la teoría de la dependencia es que implica una teoría instrumentalista del Estado. El Estado se presenta como una entidad política independiente de las relaciones sociales capitalistas que puede ser utilizada por el capital monopolista para servir a sus intereses particulares, o por una alianza de clase de trabajadores-capitalistas de los países periféricos que promoverá políticas de desarrollo y acercará así el socialismo. En consecuencia, además de una teoría instrumentalista del Estado, la teoría de la dependencia implica la aceptación de la teoría de las etapas hacia el comunismo. Desde nuestro punto de vista, el Estado es la forma política de las relaciones sociales capitalistas: un Estado capitalista. En este sentido, todo Estado sirve a la reproducción de las relaciones sociales capitalistas en su totalidad. Esto no significa, por supuesto, que todo Estado-nación sirva a la reproducción del capital global en general. Los Estados compiten (pero también cooperan) entre sí para atraer el capital mundial dentro de sus fronteras nacionales y mantener y extender así su cuota de plusvalía mundial. Esto implica tanto la creación de las condiciones para la reproducción ampliada del capital dentro de las fronteras estatales como el fortalecimiento de la acumulación basada en la explotación del trabajo dentro de las fronteras de otros Estados-nación. Obviamente, no todos los Estados tienen las mismas posibilidades de elección en cuanto a las estrategias de acumulación que pueden adoptar.

Las razones históricas y el éxito o fracaso de la estrategia de acumulación de cada Estado se reflejan en el desarrollo desigual y la formación de una jerarquía de Estados capitalistas en constante evolución: la formación de un “centro” capitalista y una “periferia” capitalista[13]. En este sentido, todo Estado es imperialista, ya que la esencia del imperialismo no es el capital monopolista, sino el proceso competitivo de reproducción del capital total. Aparte de ser errónea, la teoría de la dependencia conduce políticamente a la reconciliación de clases y a la profundización de las divisiones nacionales en el seno del proletariado mundial[14].

Si aceptamos los conceptos de la “teoría de la dependencia” acabamos teniendo problemas para entender la realidad. Tendríamos que aceptar que la desintegración de Yugoslavia, por ejemplo, se debió enteramente a la influencia de potencias extranjeras y no a la dinámica del conflicto entre nacionalismos y capitales rivales en los Estados federales constituyentes. Tendríamos que aceptar que todas las guerras que estallan son entre Estados títeres que siempre tienen detrás a las grandes potencias y sus intereses. Que las revueltas en los países en desarrollo son instigadas, sin que los trabajadores, los habitantes, las clases dirigentes de los respectivos países desempeñen ningún papel. La lucha de clases desaparece.

También se puede detectar el carácter contradictorio de esta teoría si se examinan los esfuerzos de los países débiles por ingresar en organizaciones económicas transnacionales como la UE, la Organización Mundial del Comercio, etc. La conclusión obvia es que estas organizaciones no existen únicamente para servir a los intereses del capital de los Estados poderosos. Su finalidad es el interés del capital en general, es decir, de cada clase dominante, ya sea albanesa o alemana, en su lucha por explotar a la clase obrera. La riqueza y la acumulación del capital provienen de la explotación del trabajo y no principalmente del saqueo de los países débiles[15].

Antiimperialismo

Las teorías del imperialismo han ocupado un lugar central en los análisis de gran parte del movimiento de clase. Dado que el imperialismo es la fase superior del capitalismo, la lucha anticapitalista también tuvo que transformarse en lucha antiimperialista, que gradualmente se convirtió en una ideología central (en el sentido de falsa conciencia).

En lugar de revelar los antagonismos de clase en el seno de las sociedades, lo que prevalece es la unión de la nación contra los malvados imperialistas. Por lo general, la política antiimperialista se limita a oponerse al gran capital o a las multinacionales de los grandes países capitalistas, dando una coartada a los pequeños o grandes empresarios nacionales a los que clasifica como los desvalidos.

“El problema, pues, ya no es que el capitalismo haya llegado a todos los rincones remotos del planeta y haya sofocado todos los campos de la actividad humana, convirtiendo en mercancía todo lo que toca. El problema para los antiimperialistas es que la expansión capitalista se está llevando a cabo de forma desigual y asimétrica, que en algunos Estados poderosos el capitalismo está asentado mientras que en otros —los dependientes— está estrangulado y es incapaz de desarrollarse lo suficiente. Sólo podemos exclamar sorprendidos: ¿y qué? En los países ‘dependientes’, ¿no sigue habiendo mercancías y trabajo asalariado, no es cierto que allí como en las ‘potencias imperialistas’, unos tienen los medios de producción y otros sólo su propia fuerza de trabajo para vender, unos dan órdenes y otros están obligados a obedecer? ¿No prevalecen las mismas relaciones de explotación, y posiblemente de forma aún más dura? ¿No prevalece el mismo fetichismo por la mercancía que también prevalece en los países desarrollados? ¿O es que allí la gente ha adquirido el control sobre sus vidas y nadie se ha molestado en informarnos?”.[16]

La oposición al antiimperialismo va en paralelo con la oposición al nacionalismo y ello porque la ideología antiimperialista funciona como un medio de inscribir la ideología nacional dentro de los movimientos radicales que reivindican la emancipación humana originada por todo tipo de opresión. Los movimientos antiimperialistas y de liberación nacional son los principales mecanismos de subordinación de las reivindicaciones y aspiraciones de cambio social, libertad, emancipación y comunismo al capital y su Estado y, en consecuencia, de neutralización y eliminación efectiva de las mismas a través de su alienación y su transformación en movimientos que reclaman derechos al Estado capitalista y todo tipo de políticas de identidad[17].

***

GUERRA CAPITALISTA SIGNIFICA PAZ SOCIAL

Ahora nos enfrentamos al hecho irrevocable de la guerra. Estamos amenazados por los horrores de la invasión. La decisión, hoy, no es a favor o en contra de la guerra; para nosotros sólo puede haber una pregunta: ¿con qué medios se llevará a cabo esta guerra? Mucho, todo, está en juego para nuestro pueblo y su futuro, si el despotismo ruso, manchado con la sangre de su propio pueblo, resulta vencedor. Este peligro debe ser evitado, la civilización y la independencia de nuestro pueblo deben ser salvaguardadas. Por lo tanto, cumpliremos lo que siempre hemos prometido: en la hora del peligro no abandonaremos a nuestra patria. En esto sentimos que estamos en armonía con la Internacional, que siempre ha reconocido el derecho de todo pueblo a su independencia nacional, como estamos de acuerdo con la Internacional en denunciar enfáticamente toda guerra de conquista. Actuando por estos motivos, votamos a favor de los créditos de guerra exigidos por el Gobierno[18]. Y así es como el Partido Socialdemócrata de Alemania envió al proletariado alemán en 1914 a la masacre de la Primera Guerra Mundial.

Unos días antes, un nacionalista francés asesina a Jean Jaures, dirigente pacifista y antimilitarista del Partido Socialista Francés, que intentaba organizar una huelga general franco-alemana contra la guerra que se avecinaba y una huelga general francesa en caso de que Francia declarara la guerra. En la oración fúnebre pronunciada por el líder de la Confederación General del Trabajo (CGT), Léon Jouhaux, quien estaba en contra de la declaración de huelga y a favor de la participación en la guerra, dijo, entre otras cosas: “ante este ataúd grito nuestro odio al imperialismo y al militarismo grosero que han provocado este horrendo crimen… Todos los trabajadores… salimos al campo con la determinación de hacer retroceder al agresor[19]. Desaparecido Jaures y cualquier influencia que pudiera haber ejercido en medio de un estallido nacionalista, los socialistas del parlamento decidieron suspender cualquier actividad que pudiera sabotear la maquinaria bélica nacional, enviando con sus bendiciones al proletariado francés a la carnicería de la Primera Guerra Mundial.

Lo interesante es que, tanto en Alemania como en Francia, los dirigentes de la clase obrera organizada evocaron la “invasión” para capitular ante la burguesía de su país. Pero el mismo llamamiento hace también la burguesía cada vez que quiere imponer la unidad nacional en el contexto de un conflicto militar. La guerra nacional se presenta siempre como una acción defensiva contra los invasores, cualquiera que sea la forma que adopten. Y para una guerra victoriosa debe prevalecer la paz social.

En Alemania, durante la Primera Guerra Mundial, este pacto de cooperación de clases se denominó Burgfrieden (traducido libremente como: “la paz reina en el castillo”), mientras que en Francia se llamó Union Sacrée. En ambos casos, los sindicatos y los partidos socialdemócratas declararon un armisticio en defensa de la patria, comprometiéndose a que la clase obrera no llevaría a cabo ninguna acción industrial ni plantearía reivindicaciones hasta el final de la guerra. Esto, por supuesto, fue acompañado de la ley marcial y de una dura censura, ya que cualquier crítica al gobierno, a la guerra o al propio pacto de colaboración de clases estaba estrictamente prohibida a punta de pistola. En este contexto, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron encarcelados desde 1916 hasta el final de la guerra.

El mismo camino de colaboración de clases fue seguido por la mayoría de los partidos socialdemócratas y sindicatos de los países involucrados en la guerra. Las excepciones fueron los bolcheviques, el Partido Socialista Italiano, el Partido Socialista Serbio, el Partido Socialista Búlgaro, el Partido Socialista de Bulgaria, el Partido Socialista de EE.UU., el Grupo Internacional fundado por Luxemburg, Liebknecht, Clara Zetkin y Franz Mering, y la organización obrera multiétnica Federación de Tesalónica. En aquella época no existía ningún partido socialista en Grecia. El Partido Socialista de los Trabajadores de Grecia se fundó en 1918 y en 1924 pasó a llamarse Partido Comunista de Grecia. La Federación había sido la parte otomana de la Segunda Internacional desde 1911 y al estallar la Gran Guerra mantuvo una posición internacionalista y antibelicista.

En cualquier caso, la II Internacional se derrumbó. Esto significó que millones de proletarios fueron instados por sus propias organizaciones, que se suponía representaban sus intereses de clase, a convertirse en presa de los cañones de los capitalistas: 10 millones de soldados muertos y 20 millones de heridos, la mitad de ellos lisiados de por vida; 10 millones de civiles muertos por los bombardeos, el hambre y las enfermedades. Un enorme matadero de seres humanos…

Obviamente, la Segunda Internacional no era un todo unificado. Había un ala derecha con representantes como Ebert (que más tarde sería presidente de Alemania cuando Luxemburg y Liebknecht fueron asesinados), el centro con reformistas como Kautsky y el ala izquierda revolucionaria con figuras destacadas como Luxemburg y Lenin. Sólo esta tendencia de izquierda conservó el internacionalismo proletario que debía inspirar al conjunto de la II Internacional. Todos los demás se unieron a la batalla junto a los patrones para romper cualquier lazo proletario que pudiera poner en peligro los planes imperialistas de la burguesía (camuflados como “posición defensiva”). Por supuesto, se podría decir que esto no fue algo inesperado de su parte. En cualquier caso, la colaboración de clases probablemente formaba parte de su programa reformista.

Pero aparte de esto, había en la propia II Internacional una posición que tarde o temprano torpedearía cualquier pretensión de internacionalismo proletario. Como hemos visto más arriba, en la cita de los socialdemócratas alemanes, la parte de la Internacional que se había alistado en la guerra capitalista argumentaba que no violaba ninguno de los principios de la Internacional, puesto que defendía el derecho de los pueblos a la independencia nacional y a la autodefensa. De ahí esta persistente charla de la “invasión”, incluso por parte de los alemanes, aunque fue Alemania la que había invadido formalmente a Francia.

Ya desde finales del siglo XIX, el movimiento obrero organizado apoyó los movimientos de liberación nacional, por un lado, porque se consideraban una fuerza modernizadora, en el sentido de promover el desarrollo del capitalismo como etapa necesaria para el socialismo, y por otro porque, aunque tenían características burguesas, involucraban a amplios sectores del proletariado que potencialmente podían crear una perspectiva socialista acelerando el colapso del capitalismo. Un ejemplo de ello fue el movimiento de liberación nacional de Polonia (Polonia estaba dividida entre los Imperios alemán, austrohúngaro y ruso), que condujo a la escisión del Partido Socialista Polaco (1894) entre el ala derecha patriótica y el ala izquierda internacionalista. Al igual que en 1914, la líder de la tendencia proletaria internacionalista fue Rosa Luxemburg, quien junto con sus camaradas promovió la solidaridad de clase entre los trabajadores polacos y rusos, la perspectiva socialista y la lucha universal contra el capitalismo, advirtiendo que la cuestión de clase no debía quedar sepultada bajo la nacional ya que, al fin y al cabo, la independencia nacional de Polonia no interesaba a nadie más que a su burguesía. A causa de esta consecuente posición proletaria, fueron vilipendiados en el seno de la II Internacional por el ala patriótica de derechas del partido polaco ¡como “agentes de la policía” y como una “banda infame”!

Más de un siglo después de estos eventos y tras la Primera Guerra Mundial, no cabe duda de que los movimientos de liberación nacional y las guerras nacionales no sólo no sirven a los intereses proletarios, sino que de hecho los aniquilan, ya que el proletariado esta de facto alineado con la burguesía, bien con el objetivo de establecer un nuevo Estado-nación “independiente”, bien con el objetivo de defender un Estado-nación “independiente” ya existente. El término “independiente” se pone entre comillas, porque en el contexto de los antagonismos capitalistas interimperialistas, cada Estado-nación está atado a las ruedas del carro de una u otra potencia imperialista más fuerte. Así, EEUU, por ejemplo, puede dar su ferviente apoyo a un movimiento de liberación nacional acorde con sus propios intereses y combatir ferozmente a otro que esté respaldado por Rusia, y viceversa.

La creación de los Estados-nación es un episodio bastante reciente de la historia en el curso del ascenso del capitalismo.[20] Podríamos decir que el nexo de

los Estados-nación del mundo moderno y los antagonismos entre ellos es una forma de existencia del capital social total. Cualquier participación activa del proletariado en estos antagonismos nacionalistas no hace sino reproducir su posición de clase explotada bajo la dominación del capital. Ningún proletario se ha emancipado jamás a través de una guerra de liberación nacional; por el contrario, toda guerra de liberación nacional ha allanado el camino para la consolidación de una nueva élite burguesa con características nacionales y un programa capitalista (aunque hubiera “revolucionarios” y “héroes” del movimiento de liberación nacional en sus filas). Por lo tanto, la autoemancipación del proletariado requeriría la eliminación de todo elemento nacionalista, de todo lo que parezca atarlo a una “patria”, es decir, tendría que volverse contra sus explotadores, presentes y aspirantes, y transformar inmediatamente la guerra de liberación nacional en guerra de clases. Debería hacer añicos la paz social, complemento indispensable de la guerra capitalista.

La “A” circulada militarista[21]

Tras el estallido de la guerra en Ucrania, no pasó mucho tiempo antes de que aparecieran algunos textos de anarquistas ucranianos declarando que habían tomado las armas para defender a Ucrania y al pueblo ucraniano contra Rusia que “tiene un plan a largo plazo para destruir la democracia en Europa”. Incluso llamaban a la gente a apoyarles económicamente, a enviarles armas (¡!), pero también a unirse a la “Legión Internacional de Defensa Territorial”, creada por el propio Zelensky, contra el imperialismo ruso. De hecho, lo que han formado es una unidad militar regular, como todas las demás, plenamente integrada en el ejército nacional de Ucrania en el marco de la Defensa Territorial del país. Estos textos propagandísticos, acompañados de las necesarias fotos heroicas de algunos hombres fuertemente armados ondeando banderas anarquistas, corrieron como la pólvora por todas las redes de medios de comunicación occidentales, tanto mainstream como en los relacionados al movimiento antagonista. Esto es, por supuesto, algo que cabía esperar: todo lo que promueva el nacionalismo, incluso si se origina en los anarquistas, cualquier cosa que anime a unirse a uno de los dos bandos en una guerra nacional, no solo es legítimo para el capital y su Estado, sino la única posición aceptable.

Pero, ¿qué ha ocurrido en Ucrania mientras estos anarquistas han estado luchando junto a las fuerzas armadas nacionales de Ucrania “defendiendo la libertad de todos nosotros”? En primer lugar, se ha declarado la ley marcial: esto significa que se han suspendido en gran medida las leyes que protegen a los trabajadores y su representación por parte de sus sindicatos, permitiendo despidos masivos y suspensiones de trabajo, la ampliación de la jornada laboral de 40 a 60 horas, la anulación unilateral de los convenios colectivos por parte de la patronal, el impago de salarios, el cambio obligatorio del objeto de trabajo en función de las necesidades militares del Estado, la reducción de las vacaciones, etc. En este contexto, cientos de empresas en Ucrania han suspendido unilateralmente, total o parcialmente, los convenios colectivos vigentes hasta el estallido de la guerra, especialmente las cláusulas relativas a las actividades sindicales, las prestaciones sociales, las condiciones de seguridad y los horarios de trabajo. Entre estas empresas se encuentran ArcelorMittal, la mayor acería del país, la planta de energía nuclear de Chernóbil, la Compañía Nacional de Ferrocarriles de Ucrania, el puerto de Odessa y el metro de Kiev. Bajo la ley marcial, también están prohibidas las huelgas y manifestaciones, y todos los hombres de entre 18 y 60 años tienen prohibido salir del país.

La destrucción del capital constante y variable debida a la guerra va acompañada, pues, de arreglos favorables para los patrones en los lugares de trabajo. No es casualidad que el gobierno de Zelensky llevara, en plena guerra, al parlamento para su aprobación una ley que imponía la desregulación completa de las relaciones laborales, que intentaba aprobar desde abril de 2021. En aquel momento la ley no había sido aprobada debido a las reacciones de los sindicatos y de la oposición. Pero ahora el Gobierno de Ucrania se ha librado de los diversos obstáculos, como el poder de negociación de los trabajadores o la existencia de la oposición, y ha logrado imponer la paz social a través de la guerra. La mencionada ley, que se inscribe en el marco ideológico general de la “desovietización”, fue aprobada en el verano de 2022 mediante un rápido proceso parlamentario. El núcleo central de este ataque contra el proletariado ucraniano es que los trabajadores de las pequeñas y medianas empresas de hasta 250 empleados ya no estarán cubiertos por los convenios colectivos de trabajo, sino que firmarán contratos individuales con los capitalistas correspondientes, sin gozar de ninguna protección de la legislación laboral. Esto significa que más del 70% de la fuerza laboral ucraniana tendrá contratos individuales, un desarrollo que en última instancia conducirá a la devaluación total de la fuerza de trabajo de la mayor parte del proletariado del país. Lo único que podría detener este proceso sería una rebelión de masas contra la ley marcial, es decir, la ruptura de la paz social, a la que probablemente se opondrían los anarquistas nacionalistas, ya que, si hubieran aspirado a tal acontecimiento, nunca se habrían alistado voluntariamente en el ejército ucraniano ni habrían propagandizado esta posición. Por mucho que apelen a Kropotkin[22] o a Bakunin (¡o incluso a Makhno!), su participación activa en la guerra capitalista está dirigida directamente contra los intereses proletarios.

En el otro bando, nos enfrentamos a los izquierdistas occidentales partidarios de Putin que argumentan a favor de la invasión rusa de Ucrania. Utilizando la ideología reaccionaria antiestadounidense[23] y la narrativa anti-OTAN como vehículo, defienden las operaciones militares y el nacionalismo de Rusia, una formación nacional capitalista que, como cualquier otra formación de este tipo, basa su existencia y reproducción en la explotación de la mayor parte de su población: el proletariado. Son enemigos tan odiosos del movimiento proletario que incluso se han vuelto contra el reciente levantamiento en Irán tras el asesinato de Mahsa Amini por la policía, afirmando que fue instigado por los estadounidenses. Apoyan activamente a cualquier carnicero, siempre que se le califique de antiestadounidense, volviéndose contra los intereses proletarios, exactamente igual que los anarquistas ucranianos antes mencionados. Su supuesta preocupación, como izquierdistas, por la clase obrera es simplemente una mentira, ya que apoyan abiertamente la obliteración de su poder y de su propia existencia —como uno de los dos polos antagónicos dentro del capitalismo y como capital variable— mediante su participación activa en las guerras interimperialistas.

En el matadero de la guerra capitalista, siempre estamos del lado de los desertores

“No queremos huir”, dicen los anarquistas ucranianos que se han unido a la Defensa Territorial del país. Al mismo tiempo, según fuentes oficiales, cerca de 7 millones de personas han huido del país desde el comienzo de la guerra. En su mayoría mujeres y niños, ya que está prohibido que los hombres abandonen el país. El hecho de que el Estado haya impuesto la ley marcial, imponiendo la prohibición de salir del país, el reclutamiento obligatorio y los constantes controles fronterizos demuestra, en todo caso, que una parte importante de los hombres de entre 18 y 60 años no desean ser picados en la maquinaria de guerra nacionalista. Muchos han intentado cruzar la frontera escondidos en maletas, cajas, baúles e incluso vestidos de mujer. Algunos lo han conseguido, otros han sido capturados por los guardias fronterizos y se han visto forzados a realizar el servicio militar obligatorio. Las mujeres trans tampoco han conseguido escapar de las garras de la maquinaria de guerra, ya que para el Estado y el ejército son hombres y, por tanto, tienen prohibido salir del país.

Desde un punto de vista internacionalista proletario, debemos promover y apoyar la decisión y la acción de aquellas personas que, ya sea por razones de autoconservación o por razones políticas, se niegan a sacrificarse por la “patria” y escapan al esfuerzo bélico nacional. Debemos promover su ejemplo como una verdadera práctica proletaria contra la ideología dominante del militarismo y el nacionalismo que incluso se ha escondido detrás de las imágenes de la bandera roja y negra.

Mientras la guerra y sus horrores extremos se prolonguen, la ideología del sacrificio por la “patria” puede colapsar y derrumbarse, y pueden surgir prácticas de deserción en ambos ejércitos, como de hecho ha ocurrido en los meses anteriores. En el ejército ucraniano, que a pesar del apoyo occidental sigue siendo más débil que el ruso, los fenómenos de deserción son bastante frecuentes. En muchos de los casos puede que no se trate de deserciones con un contenido puramente internacionalista, sino más bien de una huida de un ejército que los envía sin entrenamiento y desarmados en misiones suicidas como ovejas al matadero. Aun así, son sin duda una grieta en el frenesí bélico y un ejemplo de resistencia contra el poder estatal-militar.

En el ejército ruso también hay miles de soldados que se niegan a regresar al frente ucraniano, alegando que se les está conduciendo a su sentencia de muerte. En septiembre de 2022, Putin anunció la imposición de una movilización parcial, que afectaba a unos 300.000 reservistas. Este anuncio desencadenó una enorme oleada de personas que huían de Rusia (se calcula que más de 300.000 personas han abandonado el país hasta el momento de escribir este texto) temiendo que se generalizara el reclutamiento o que se cerraran las fronteras. Las manifestaciones contra la movilización han estallado en muchas regiones de Rusia y fueron reprimidas brutalmente por la policía. También, se produjeron varios ataques contra oficinas de reclutamiento (las oficinas de reclutamiento en Rusia han sido incendiadas regularmente desde el comienzo de la guerra). Tres días después de la declaración de movilización, Putin firmó una enmienda legislativa que estipula una pena de 10 años de prisión para los desertores.

Los actos de deserción en tiempo de guerra constituyen uno de los actos más radicales de oposición a la ideología nacionalista. Esta es la razón por la que históricamente los desertores en tiempo de guerra han sido objeto de una violencia y una represión extremas por parte de las autoridades estatales y militares.

Derrotismo revolucionario

El derrotismo revolucionario fue la posición de los internacionalistas revolucionarios en la Primera Guerra Mundial, en contraste con aquella parte de la Segunda Internacional que decidió participar activamente en el matadero. Desde entonces, el derrotismo revolucionario ha sido la posición estándar de todo internacionalista comunista o anarquista que se enfrenta a la guerra capitalista.

El derrotismo revolucionario no significa pacifismo. Significa la transformación de la guerra nacional en una guerra de clases, es decir, la subversión de la paz social que la burguesía intenta imponer por la fuerza para librar con éxito su guerra. Significa lucha de clases contra nuestra propia burguesía y solidaridad con los proletarios de otros países que también desarrollan su propia lucha contra sus propias burguesías. Luchamos contra nuestra propia burguesía no para que sea derrotada por el Estado más poderoso, es decir, el Estado que podrá disciplinar más eficazmente a su propio proletariado, sino para derrotar los intereses de la burguesía en su conjunto, ya que estos se expresan también en la guerra nacional. El derrotismo revolucionario es la movilización activa contra el reclutamiento forzoso, el apoyo a los desertores, el apoyo a las luchas en los centros de trabajo contra las reducciones salariales, contra el aumento de la jornada laboral o la imposición de trabajos forzados a causa de la guerra. El derrotismo revolucionario es el sabotaje de la industria de guerra, la difusión de la propaganda internacionalista entre los soldados de todos los campos enfrentados, la cooperación y la solidaridad práctica con los proletarios de todos los países implicados y la circulación de las luchas, la expropiación de bienes para la satisfacción de las necesidades proletarias y cualquier otra acción que pueda contribuir a nuestro fin, que no es otro que el desarrollo del movimiento revolucionario contra las relaciones sociales capitalistas que implican la matanza mutua interproletaria en tiempo de guerra.

El derrotismo revolucionario significa para nosotros hoy, con la guerra en curso en Ucrania, que tenemos que intensificar las luchas de clase donde estamos, especialmente cuando los Estados en los que residimos están activamente involucrados en el conflicto militar y los efectos de la guerra sobre nuestra clase ya son devastadores. No, por supuesto, para apoyar a uno u otro bando —ese es el trabajo de todo tipo de nacionalistas, ya sean anarquistas, izquierdistas o derechistas—. Sino por el contrario, para desbaratar precisamente el monólogo nacionalista imperante e imponer lo que siempre ha definido los intereses de nuestra clase: la lucha de la vida contra la muerte.

3 de noviembre de 2022

 

[1] Su blog en griego: https://antithesi.gr/ [N. del E.]

[2] Hobson también era abiertamente racista y defensor de la eugenesia para la eliminación gradual de las “razas degeneradas o improductivas”. Propuso restricciones a la emigración de un gran número de judíos del Imperio Ruso a la Europa Occidental de la época por ser perjudicial para los intereses de los trabajadores locales y era abiertamente antisemita, describiendo a los banqueros judíos como parásitos que manipulaban al gobierno británico.

[3] R. Hilferding (1981) Finance Capital. Routledge. P. 301 y 326.

[4] R. Hilferding, “Der Funktionswechsel des Schutzzolles”, “Die Neue Zeit, Wochenschrift der deutschen Sozialdemokratie”, N° 21. Jahrgang 1902-1903, 2. Bd. Nr. 35, P. 280, y en J. Milios & D. Sotiropoulos (2011) Imperialism, financial markets, crisis. Nissos. P. 30 (en griego).

[5] R. Hilferding (1981) Finance Capital. P. 370.

[6] V. I. Lenin (1963) Imperialism, the Highest Stage of Capitalism. Progress. P. 265.

[7] V. I. Lenin, “Imperialism and the Split in Socialism”, Lenin (1964) Collected Works Vol. 23. Progress Publishers. P. 105.

[8] Según Marx, una mayor productividad del trabajo conduce a la reducción del valor de los medios de subsistencia y, por tanto, a la reducción del tiempo de trabajo necesario. De este modo declina el valor de la fuerza de trabajo y aumenta la plusvalía. En consecuencia, también aumenta la tasa de plusvalía. La plusvalía resultante de la reducción del tiempo de trabajo necesario, y de la correspondiente alteración de las duraciones respectivas de los dos componentes de la jornada de trabajo, es denominada por Marx plusvalía relativa. En cuanto a las diferencias nacionales de productividad y salarios, Marx escribe en El Capital, vol. I, lo siguiente: “Frecuentemente se constata que el salario diario, semanal, etc., en la primera nación [nación con un modo de producción capitalista más desarrollado] es más alto que en la segunda [nación menos desarrollada], mientras que el precio relativo del trabajo, es decir, el precio del trabajo comparado tanto con la plusvalía como con el valor del producto, es más alto en la segunda que en la primera”. Además, para apoyar esta posición cita el siguiente pasaje de James Anderson: “Merece la pena remarcar, asimismo, que, aunque el precio aparente del trabajo suele ser más bajo en los países pobres, donde los productos de la tierra y el grano en general son baratos, en realidad es en su mayor parte más alto que en otros países. En efecto, el precio real del trabajo no es el salario diario que recibe el obrero, aunque sea su precio aparente. El precio real es el que una determinada cantidad de trabajo realizado cuesta realmente al empresario; y considerado así, el trabajo es en casi todos los casos más barato en los países ricos que en los que son más pobres, aunque el precio del grano y de otros víveres suele ser mucho más bajo en los últimos que en los primeros (…) ”. Andrea Ricci escribe lo siguiente al respecto en su libro Value and unequal exchange in international trade (P. 159): “Sin embargo, esto no significa que los salarios reales sean necesariamente más altos en los países desarrollados que en los menos desarrollados, porque el nivel nacional de precios en los primeros es también más alto que en los segundos debido a los precios más elevados de los bienes no comerciables. Lo que esto implica para el poder adquisitivo de los salarios es que, en el mercado nacional de los países desarrollados, los bienes comerciables serán relativamente más baratos que los bienes nacionales no comerciables, y viceversa, en los países menos desarrollados. Este es precisamente el tipo de relación que pone de relieve el ‘efecto Penn’. El único beneficio cierto es para la parte de los salarios de la mano de obra inmigrante en los países ricos que se envía al país de origen en forma de remesas de migrantes. Este aspecto, resultante de la sobrevaloración del tipo de cambio real de los países desarrollados, contribuye en gran medida a explicar los incentivos para la migración masiva, a pesar de las condiciones precarias y de explotación a las que están sometidos los trabajadores migrantes en los países capitalistamente avanzados. El beneficio de la sobrevaloración real del tipo de cambio es sin duda mucho mayor para el capital, donde los usos, a diferencia de los salarios, no están ligados a una localización geográfica concreta, sino repartidos por todo el mundo”. Aunque la tasa de explotación en la “periferia” fuera superior a la tasa de explotación en los países más desarrollados, esto no bastaría para demostrar la tesis del “parasitismo”. En ese caso, “habría que demostrar que los trabajadores centrales no son explotados en absoluto por sus capitalistas y que su recompensa incorpora una renta imperialista, adicional al valor creado por su trabajo vivo gastado en la producción. De no ser así, los salarios más altos representarían un reembolso parcial de la plusvalía extorsionada por los capitalistas, sin consecuencias directas sobre las condiciones de los trabajadores periféricos” (Op. cit, P. 44). Como punto final, debemos señalar que los países más desarrollados han sido potencias industriales en etapas anteriores de la historia y ésta fue la principal fuente de su riqueza y poder. El mismo proceso se siguió en países anteriormente “subdesarrollados”, como China, que debido a su rápida industrialización ascendieron a la categoría de potencias mundiales. Por lo tanto, es obvio que la fuerza y la riqueza de un país se basan principalmente en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas dentro de sus fronteras y, por lo tanto, de la explotación del trabajo de su propia mano de obra. Ciertamente, el saqueo y el intercambio desigual siguen existiendo, pero tales fenómenos no son específicamente capitalistas. El saqueo y la expropiación directa de las riquezas coloniales existían desde los tiempos de los antiguos imperios. No es la diferencia específica del capitalismo. [Nota explicativa confeccionada especialmente para esta edición, no se encuentra en el texto original en inglés]

[9] Marcel Stoetzler, “Critical Theory and the Critique of Anti-imperialism”, en Best et al. (2018) The Sage Handbook of Frankfurt School Critical Theory. Sage. P. 1471.

[10] “Neususs, Imperialismus und Weltmarktbewegung des Kapitals”, mencionado en Anders Mollander, “Monopoly and socialism in Lenin’s analysis of Imperialism”, “Tekla” N° 1, 1977. (en sueco).

[11] Ibíd.

[12] M. Heinrich (2012) An Introduction to the Three Volumes of Karl Marx’s Capital. P. 215.

[13] No utilizamos los términos centro-periferia en el sentido que les da la teoría de la dependencia, sino sólo como etiquetas que denotan los diferentes niveles de desarrollo capitalista.

[14] La elaboración de este apartado procede de una nota escrita por uno de los autores de este texto en una revista en la que participó anteriormente.

[15] “La exportación de capital supuestamente necesaria por las políticas imperialistas se produjo de hecho, pero la mayor parte de esta exportación de capital no fue a colonias y territorios dependientes, sino a otros países capitalistas desarrollados que también aplicaban políticas imperialistas. Eso significa que la causa de la exportación de capital no podía residir únicamente en la ausencia de rentabilidad en los centros capitalistas, ya que eso significaría que no podría haber habido ninguna exportación de capital a otros centros. Además, dicha exportación de capital no estaba asegurada por la política imperialista del país de origen”. M. Heinrich, Op. Cit. P. 216.

[16] Yfanet, “There is only one enemy…”, (2007) Nation, anti-imperalism and antagonistic movement, Thessaloniki. P. 45. (en griego).

[17] Como señala Marcus Stoetzler: “Lenin afirmó en su ‘Proyecto de tesis sobre cuestiones nacionales y coloniales’ de 1920, escrito para el segundo congreso de la Internacional Comunista, que en ‘los Estados y naciones más atrasados, en los que predominan las relaciones feudales o patriarcales y patriarcal-campesinas’, ‘todos los partidos comunistas deben ayudar al movimiento de liberación democrático-burgués’, pero también ‘luchar contra el clero y otros elementos reaccionarios y medievales influyentes’, incluido el ‘panislamismo y tendencias similares, que tratan de combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y estadounidense con un intento de fortalecer las posiciones de los khans, terratenientes, mullahs, etc.’. Aparte de la concepción mecánica de la evolución histórica que sustenta esta posición, presupone erróneamente que los nacionalistas burgueses de esos países están realmente felices de renunciar a las alianzas con el clero, los panislamistas y otros elementos reaccionarios para disfrutar del apoyo socialista. El cambio hacia el apoyo a los ‘movimientos de liberación democrático-burgueses’ coincidió con el ‘acercamiento del gobierno soviético a los regímenes burgueses (sobre todo, Turquía y Persia), mientras que los militantes comunistas de esos países fueron fusilados y encarcelados’” (Loren Goldner, ”Socialism in One Country’ Before Stalin, and the Origins of Reactionary ‘Anti-Imperialism’: The Case of Turkey, 1917-1925”. “Critique”, 38(4): P. 631-61). Otra observación importante de Marcus Stoetzler es que el antiimperialismo también formaba parte de la agenda ideológica de la extrema derecha. La idea de una lucha entre “naciones pro-pueblo” y “naciones plutocráticas” apareció en los medios proto-fascistas de Alemania, Francia e Italia durante la Primera Guerra Mundial y se convirtió en un rasgo de la retórica de Mussolini y Gregor Strasser entre otros. Como él mismo señala: “Su lucha contra un ‘Occidente’ decadente fue evocada por ‘revolucionarios conservadores’ como Arthur Moeller van den Bruck y Ernst Niekisch en la década de 1920; su antiimperialismo fascista no era más que la ‘versión de política exterior’ del anticapitalismo fascista” (Fringeli, 2016, P. 42). En la orilla opuesta del Mediterráneo, comenzando en Egipto como respuesta a la abolición del último califato otomano por el Estado turco modernizador en 1924, el islamismo moderno, incluidos sus vástagos yihadistas, se desarrolló paralelamente y se inspiró en los mismos impulsos de la “revolución conservadora”, incluida la versión ultracon- servadora de la resistencia al “imperialismo cultural”, es decir, la modernidad liberal. Cuando, tras la disolución de la Unión Soviética, se desintegraron los regímenes nacionalistas burgueses de Oriente Próximo que —con el apoyo soviético— habían combinado la ideología antiimperialista con la pretensión de alguna forma de socialismo, el panislamismo contra el que Lenin había advertido se convirtió finalmente en un fenómeno prominente. La “revolución conservadora” alemana y las ideas fascistas influyeron en el desarrollo del pensamiento antiimperialista también en Bolivia en las décadas de 1930 y 1940 y se extendieron desde allí a otros países latinoamericanos (Goldner, 2016, capítulo 4). “Hacia 1935, los dirigentes de la Unión Soviética se habían dado cuenta de que el apoyo al ‘derecho de las naciones a la autodeterminación’ ayudaba más a menudo a los fascistas que a ellos mismos, por lo que abandonaron la noción durante casi dos décadas. En los años cincuenta volvió a dominar la política exterior soviética”. Op. Cit. P. 1472.

[18] Citado en Rosa Luxemburg, The Junius Pamphlet, capítulo II.

[19] La primera parte del pasaje se cita en la International Encyclopedia of the First World War en la entrada sobre la “Union sacrée”. La segunda parte se cita en la entrada de Wikipedia sobre Jean Jaures.

[20] Según Fredy Perlman, el nacionalismo en sí mismo se estableció a finales del siglo XVIII, con dos eventos que señalaron la llegada del Estado-nación: la independencia de Estados Unidos en 1776 y la Revolución Francesa en 1789. F. Perlman, The continuing appeal of nationalism, Black and Red Books, 1985.

[21] L@s autor@s se refieren a las y los anarquistas que combaten en el bando ucraniano en la actual guerra interimperialista. [N. del T.]

[22] En la Primera Guerra Mundial, Kropotkin apoyó a la Entente, la alianza entre Gran Bretaña, Francia y Rusia, contra las Potencias Centrales, es decir, Alemania, Austria-Hungría e Italia, argumentando que cualquier intento de Alemania de invadir Europa Occidental debía ser aplastado. En este contexto, defendía la participación activa en la guerra, en marcado contraste con las posiciones antibelicistas y antimilitaristas de la mayor parte del movimiento anarquista de la época.

[23] En el texto original en inglés dice “anti-Americanism” (“antiamericanismo”), refiriéndose a EE.UU., por lo que preferi mos traducir este concepto como “antiestadounidense”. [N. del T.]